Rebobina Antes de Morir - Último Acto
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03:21hs
Uriel se aferra al boom como si su vida dependiera de ello. En cierto punto, es así. Lo era antes, cuando con eso pagaba el alquiler. Lo es ahora, cuando gracias a él puede escuchar la proximidad del monstruo. Se encuentra agachado en un local del subsuelo de la galería, donde los maniquíes lo observan con escalofriante quietud. No se mueve; no hace ruido alguno. Tan solo escucha, con los auriculares firmemente colocados, pegados a sus orejas por el profuso sudor que no menguó ni un segundo desde que todo se fue al carajo. Sabe que tiene que esperar hasta las siete para poder sobrevivir. De ningún modo piensa hacer otra cosa hasta entonces que no sea escuchar. Toda su vida escuchó a los demás, callado en alguna esquina de una fiesta, o en el recreo de la facultad. Era lo que más sabía hacer, sino lo único. Así que todo iba a salir bien. Todo iba a salir...
—¿Hola?
No podía ser ¿Era Lucía? ¿Lucía estaba pidiendo su ayuda? Tan solo imaginarlo lo ruborizaba.
—¡Hola!
Mueve el boom, buscando el origen de su voz. Hacia la izquierda.
—¿Hay alguien?
No, no es ahí. Suena más alejada.
Hacia la derecha.
—¡Ayuda!
Sí, es ahí. La voz viene de algún local del final del pasillo.
—¡Auxilio! ¡Por favor!
Cierra los ojos, pero por más que lo intenté, no puede expulsar su meliflua voz de su cabeza. Sopesa apagar el boom, reducirse al silencio de lo desconocido. Es una buena opción; después de todo: Oídos que no ven, corazón que no siente ¿Cierto?
A quién engaña, ya se incorpora y abandona su guarida, con el micrófono por delante a modo de guía. Esquiva los maniquíes que cercan su camino y abandona el local, doblando hacia la derecha. Se detiene un momento, esperando otra señal de Lucía. No obstante, el boom no capta sonido alguno.
Traga saliva.
Y avanza hacia el fondo del pasillo.
Sin mermar su paso, echa vistazos a los locales que cruza. Inhóspitos, todos y cada uno de ellos. Consumidos por la soledad de un ponzoñoso olvido.
Finalmente, llega a la tienda de máscaras, pero acá sí que algo cesa sus pasos. Inmóvil frente a la puerta de cristales rotos, gira el boom y escucha.
Hay un silbido rítmico ¿Una respiración, quizás? Ha escuchado cientos de respiraciones en su carrera, de todo tipo. Pero esta es distinta. Parece el sonido del viento.
—¿Lucía? — pregunta, trémulo. En ese instante, el silbido se altera apenas, un cambio solo perceptible para alguien acostumbrado a ver con los oídos. Tiene que ser ella, considera, quizás está herida. Quizás está agonizando y yo podría salvarla y así enmendaría el no haber hecho nada antes, cuando el monstruo la atacó.
Sin más, mete un pie en el local. Un vidrio cruje debajo de las suelas de sus zapatillas y rechina los dientes ante el lacerante sonido. Continúa avanzando, procurando esquivar el resto de los cristales. A sus costados, las góndolas yacen derribadas una encima de la otra. Detrás de una de estas, ve a alguien en el suelo. Tiene el pelo largo como Lucía. Y ahora su respiración se transforma en un pausado llanto.
Se quita los auriculares y deja el boom cuidadosamente en el suelo.
—¿Lucía? — pregunta, alzando un brazo hacia la chica de espaldas a él.
Ella continúa sollozando.
—¿Lu?
Sus dedos llegan a tocar su hombro.
El llanto se frena de manera abrupta.
Uriel retira la mano, retrocediendo al ver el rostro de la chica.
—¿Elena?
Parece la directora de arte, pero está con los ojos cerrados y el rostro ensangrentando. No pudo ser ella quien lo llamara ¿Dónde está Lucía?
Oye una escalofriante risa.
Tropieza con el boom.
Del techo del local, desciende una pesada sombra que nubla su visión de inmediato.
Lo último que escucha son sus propios gritos de auxilio, los cuales no llegan a los oídos de Mario y Lucía, o lo que queda de ella, inmersos en el ignoto pasillo más allá de la galería.
Ella merma su paso y se echa contra una pared.
—¿Estás bien? — le pregunta Mario, acercándose y mirando la venda improvisada en su brazo, ya reclamada por la sangre.
Ella asiente sin demasiado convencimiento.
—Ni bien salgamos de acá van a curarte, ya vas a ver ¿Sí?
Ella asiente de nuevo.
—¿Podés seguir?
—Sí, sí — afirma ella, apartando su mano —. Estoy bien. No entiendo por qué te preocupás tanto por mí.
—¿Querés saber la verdad?
—Puede que estemos muertos en un rato, así que sí. Al menos dejá de mentirme.
Esa última frase le provoca cierto vértigo a Mario, parecía algo que tranquilamente podría haberle dicho Lucía hace unos meses.
—Esa persona a la que te dije que me recordás, bueno... era mi novia. Hace un tiempo.
—¿Qué pasó?
—Le corté.
—¿Se puede saber por qué?
—No sé, me sentía vacío. Como que ella estuvo siempre en mi vida y durante mucho tiempo me provocó algo inexplicable. No sé si llamarlo felicidad exactamente. Era un sentimiento inigualable. Y un día, nada, lo dejé de sentir.
—¿Y la dejaste?
—Y la dejé — suspira —. Me siento como un pelotudo ahora.
—Bueno, pero supongo que a todos nos pasa un poco eso ¿No? Todos estamos en busca de algo y deseamos profundamente poder hallarlo en otra persona, aunque yo no creo que eso sea posible.
Mario estaba pasmado, tanto que tuvo que menguar el paso a sabiendas de que eso los aproximaba a su perseguidor. Por primera vez, creía oír al personaje que tantos meses había pasado escribiendo y reescribiendo; allí, encarnado frente a sus ojos, usando la piel de su ex novia.
—Sí, tenés razón — convino, consciente de que no estaba tanto cediendo al parecer de alguien más, sino todo lo contrario —. Pero igual, eso no justifica usar a otra persona, como si le succionaramos toda la felicidad y la descartaramos tan pronto quedara seca.
—Obvio, por eso digo que es un error pensar en que uno puede encontrar algo tan intangible en una persona de carne y hueso.
¿Acaso su personaje estaba criticándolo?
—Qué irónico.
—¿El qué?
—Nada, sigamos.
Ella gira su cabeza hacia las sombras que dejaron atrás.
—No parece que nos estuviera siguiendo.
—Igual, no voy a estar tranquilo hasta no estar en mi casa — y tras una breve pausa, añade: —Y quizás ni así.
Continúan avanzando por el angosto pasillo, él guiando el camino, hasta que un sonido foráneo los paraliza, vaticinando el enfrentamiento con sus más abominables pesadillas.
Sin embargo, el origen del ruido es otro.
—Mirá — indica Ariadna, señalando un diminuto haz de luz que atraviesa la pared izquierda. Se aproximan con sigilo, aumentando el volumen y la nitidez del sonido que los espantó. Se trata de un gemido, pero no de agonía.
Sino de placer.
La luz se filtra a través de un hueco del tamaño de un ojo. Mario echa un vistazo para, en efecto, descubrir a una pareja teniendo sexo en la profanada intimidad de su cuarto. La luz en cuestión es emitida por un televisor encendido y mudo, donde se emite una película en blanco y negro.
—Deben ser los departamentos de los edificios vecinos a la galería — le dice a Ariadna, sin levantar la voz.
Más adelante, ven más haces de luces que se vierten sobre el sórdido pasillo.
—Un demonio es una presencia constante — murmura Ariadna, taciturna. Mario, a pesar de en teoría haberle dado vida, no comprende el significado de esto.
Retoman su escapada, dejando atrás la miríada de luces provenientes de un sinfín de departamentos, donde habitan niños, adultos y ancianos; parejas y solteros; gente feliz y gente triste. Decenas y decenas de vidas, una algarabía de sentimientos reducidas a imágenes entre tres paredes.
Doblan en una esquina, llegando al final de su recorrido: el pasillo termina con un pozo hacia una sombra que parece dilatar sus incorpóreos zarcillos para abrazarlos.
—¿Chicos?
La voz llega tras recorrer cierta distancia, como el vestigio fantasmal de un sueño al despertar.
No obstante, esta llamada se repite:
—¿Chicos?
Y luego añade:
—¡Ayudenme, por favor! ¡No veo bien, estoy mareada! ¡¿Hola?!
—¡Es Elena! — masculla Mario, dando un paso hacia delante. Enseguida, Ariadna lo detiene, ciñéndolo a la altura de la muñeca con su mano derecha, aquella malherida.
—¡No lo sabemos!
Él voltea la cabeza, mirándola con el ceño fruncido.
—¿Qué decís?
—¡Podría ser esa cosa! ¡No sabemos bien de lo que es capaz!
—¿Están ahí? ¡Por favor! — aúlla con exangües fuerzas Elena. Mario gira nuevamente hacia el pasillo, clavando sus ojos desorbitados en la esquina que acaban de doblar.
—¿Elena? — pregunta al pasillo deshabitado, tan angosto que siente que le empieza a faltar la respiración.
—¿Escuchaste eso? —balbucea una voz oprimida, del otro lado de las paredes.
—¿Elena, sos vos? — insiste Mario, inmóvil junto a Ariadna.
—¿Mario? ¡Mario por favor! ¡Está viniendo!
—¡Ahí está de nuevo! ¿No lo escuchaste? ¡Te dije que sentía que nos vigilaban! — añade iracunda la voz del otro lado.
Mario se quita la mano de Ariadna de encima, dando un primer paso hacia la caliginosa esquina.
—¡Mario no! — musita Ariadna, sin moverse de donde está.
—¿Y qué si es ella? ¡Y qué si es ella y la dejamos morir!
—Por favor...
—¡Enfermos hijos de puta! ¡Voy a llamar a la cana y ya van a ver! — berrea la voz.
—¡Mario! — grita Ariadna, señalando la esquina: una mano posa sus temblorosos dedos en la pared. A pesar de la distancia y la obturadora penumbra, Mario reconoce a quien pertenece.
—¡Elena!
A la mano sigue el rostro de su amiga, nimbado por una mortaja de sangre tan húmeda que apelmaza todo su cabello a la piel. Y debajo de esta imagen, sus ojos.
Uno de los cuales cuelga del nervio, rebotando insulso sobre la mejilla.
—Se enojó, pero pude escapar, sí... — revela con una tétrica sonrisa, las lágrimas manando de su cuenca deshabitada.
Mario retrocede, esclavo del impactante horror que esas imágenes provocan en su mente. Su amistad pálida y lánguida ante tal demostración de grotesca tragedia. No logra quebrar las cadenas que lo someten a la cobardía cuando oyen un grito cavernoso que hace temblar los cimientos del edificio.
Está acá.
Cruza una última mirada con su amiga, un instante antes de que ella caiga al suelo y sea violentamente arrastrada a las profundidades del pasillo, desapareciendo en la esquina por la cual se asomaba.
Grita su nombre, como si eso fuera a cambiar algo.
—¡Mario, vamos! — suplica Ariadna, volviéndolo a aferrar del brazo y obligándolo a girar hacia el pozo que los espera con sórdida parsimonia.
El director se detiene, clavando los talones en el suelo.
—¡Vamos! ¡Es nuestra única salida!
Detrás suyo, los aullidos de congoja de Elena se inmiscuyen con aquellos de los vecinos, despertándose y alarmados por el ajetreo.
—¡Vamos! — repite Ariadna, mirándolo a los ojos. Él la mira fijamente, sin siquiera pestañar, adivinando su mortecino reflejo en las pupilas de ella.
—¿De verdad sos vos? — balbucea, somnoliento.
Ella suspira, apretándolo con ambas manos.
Y salta junto a él.
La caída dura menos de lo que esperaba. En un abrir y cerrar de ojos es atajada por la suela de sus zapatillas, apenas doblándose por el impacto. Mario, en cambio, sí se desploma.
—¡Dios qué asco! — dice al apoyar una mano en el suelo. O, de hecho, en la tierra. Se mira la palma de la mano y descubre que tiene mierda.
Mierda de ratas. Están en todas partes, rodeándolos y alejándose, asustadas.
—Vamos — ordena Ariadna, ayudándolo a levantarse. La cámara aún pende segura del cuello de él. Arriba, se oye el eco de algunas pisadas.
—Debemos estar abajo de todo — razona ella, alzando la vista.
Atraviesan ese inhóspito subsuelo, disipando a su paso las sombras que los rodean cual solitarios espectros. Llegan hacia una pared, por donde desciende una soga. Ella la agarra, tironeando para comprobar su firmeza. Convencida, se sostiene con ambas manos y empieza a subir. Mario la sigue, obedeciendo sin emitir sonido alguno. El ascenso comprende un sinfín de pisos, en cuyo trayecto el cuchillo se zafa de sus manos y cae hacia el hogar de las ratas.
Sin detenerse a lamentarlo, siguen subiendo hasta que por fin avista una cornisa. Se cuelga de esta con ambas manos, empujando para levantar su peso. Luego ayuda a Mario. Se hallan entonces en un espacio tan reducido que pueden olfatear con absoluta precisión el miedo del otro.
—Tiene que haber una salida — exclama ella, golpeando las paredes con las palmas de las manos —¡Ahí! — en efecto, una parte de la pared cede y se abre. Una compuerta secreta.
Salen y descubren que están en la azotea. Arriba, el cielo los recibe carente de estrellas y abotargado de hinchadas nubes. La lluvia es inminente.
Caminan, casi pululando, respirando el aire nocturno cual prisioneros que lo único que conocieron en toda su vida fue la pared del fondo de una remota e insípida cueva. Ariadna se acerca al borde, echándole un vistazo a la calle, una docena de pisos más abajo.
—Bueno, es mejor que estar encerrados ¿No?
Pero Mario no responde. Se lleva una mano al puente de la nariz, masajeándose como hace siempre. Y ríe.
—¡No entiendo nada! ¡Yo vine acá a filmar un corto nada más! ¿Eso está mal? — suelta una carcajada —¡Y ahora estamos todos muertos!
Sigue riendo.
Ariadna se acerca y lo sacude.
—¡No digas eso!
—¡Pero estamos muertos! ¡Si vos ni siquiera sos Lu!
—Callate. Calmate. Por favor.
Él dobla la cabeza hacia arriba y ríe.
—¡Mario!
De pronto, la risa mengua, dando paso a las lágrimas.
—Está todo acá — balbucea, mirando la maltrecha cámara colgando a la altura de su estómago —. Solo espero que lo que grabamos sea suficiente para honrar la vida de quienes murieron — y tras una breve pausa, añade: —Y de los que están por morir.
Echa a caminar, cruzando a Ariadna sin mirarla, cabizbajo. Se dirige hacia la cornisa y, por un momento, ella está por echarse a correr, temiendo lo peor.
Pero tan solo toma asiento en el suelo, descansando la espalda contra el borde del edificio.
—Solamente quería... — busca las palabras —... quería saber el significado de las cosas. Eso nada más. Solo eso.
Levanta la cabeza, mirándola con ojos acuosos.
—Supongo que en cierta forma lo logré ¿No?
Pero la respuesta muere en la garganta de Ariadna, ahogada por un horrísono cuando descubre una cinta de videotape que emerge del otro lado de la cornisa, rodeando el cuello de Mario como una horca. Ni siquiera llega a moverse: el nudo jala a Mario y este vuela por los aires, antes de descender vertiginosamente hacia la calle.
Solo queda la cámara, exánime en el filo que separa la azotea del abismo.
El monstruo se revela, reptando el último tramo de la pared del edificio y saltando a la cornisa, colocando sus enormes pies a ambos lados de la cámara. Está completamente desnudo. Contrario a Mario, Ariadna puede contemplarlo sin ser acuciada por admonitorios dolores de cabeza. Pero no es en su pérfido rostro donde detiene sus ojos; sino en la miríada de amorfas cabezas que componen el resto de su cuerpo. Piernas, brazos y torso. Todo es un ensamblado infernal de cabezas de distintas proporciones, con ojos cerrados y bocas contorsionadas en una mueca de eterna agonía. Su vil propietario permanece inmóvil, alzando sus brazos y contemplando a Ariadna desde la imponente altura que le proporciona la cornisa.
—¡¿Qué querés hijo de puta?! — chilla, agarrándose la cabeza.
Él ríe.
Ríe con la risa de Mario.
Las lágrimas afloran en el semblante de Ariadna.
Sin embargo, no se viene abajo, sino que corre hacia la fatídica criatura, lista para acabar con la pesadilla sea del modo que sea. Pero el monstruo brinca sobre su cabeza, cayendo cerca de la posición que ella acaba de abandonar. Es ahora él quien corre hacia ella, y es ella quien se encuentra próxima al precipicio. Un invitador desenlace, como el beso de un amante.
Pero así no es cómo termina su historia.
Por lo que ciñe la cámara y propina un golpe en la frente de la criatura, haciéndolo caer al suelo. Allí, se le echa encima y continúa golpeándolo con la punta de la cámara, hundiendo su cráneo profano como si fuera una calabaza de Halloween. El monstruo agita uno de sus brazos, asestando a la cámara con tal fuerza que esta salta de las manos de Ariadna, luego envolviendo el frágil cuello de ella con sus funestas manos.
La luz comienza a apagarse en torno a la mirada de Ariadna. Poco a poco, la azotea desaparece de su campo de visión. Incluso el rosto de su asesino. Buscando una bocanada de aire, extiende su cabeza hacia el cielo, donde cree vislumbrar el mortecino fulgor de una ignota estrella.
Aprieta los dientes y las uñas, aquellas que aún tiene porque es tanto Lucía como Ariadna, en la gélida carne que atosiga su cuello. Pudiendo inhalar lo suficiente para aunar algo de vitalidad, dirige sus manos crispadas hacia el rostro de la criatura.
Y presiona sus ojos.
—¡Morite, hijo de puta! ¡Morite! ¡Morite!
Chilla, oprimiendo sus ojos oscuros.
—¡¡MORITE!!
Géiseres de una sangre azabache emanan a borbotones de las cuencas el monstruo, quien sacude sus extremidades preso de las convulsiones que conducen hacia la muerte. Ariadna no se detiene hasta que no cesa todo movimiento. E incluso entonces hunde sus pulgares un poco más en su cabeza, tanto que cree sentir el cerebro del desgraciado demonio.
Convencida de haber conseguido una pequeña victoria, se hace a un lado y observa a su víctima, en tanto intenta recuperar el aliento. La gigantesca cabeza del monstruo había quedado reducida a un charco oscuro de pulposa sangre, mientras que las cabezas que componían el resto de su cuerpo aún emitían algunos erráticos movimientos, como los esporádicos reflejos de un cadáver en la morgue.
O al menos, eso creía hasta que una de las cabezas abre los ojos, girándolos hasta encontrarla. Ella detiene su respiración, incapaz de dilucidar qué hacer. Los diminutos ojos negros, desprovistos de iris o pupila, la contemplaban con una expresión que podía ser tanto odio como del más profundo de los agradecimientos. Mueve su amorfa boca también, pero no logra modular palabra alguna, tan solo soltando un mero balbuceo semejante al de un bebé.
Ariadna se incorpora e, inhalando para juntar fuerzas una vez más, aplasta con la suela de su zapatilla al rostro incorpóreo. Lo pisa una y otra vez, tanto que cuando retira el pie su suela está pegada al monstruo por una sustancia viscosa. Logra zafarse y retrocede.
Hasta chocar contra la cámara.
La agarra y se sienta junto a la cornisa. Intenta prenderla.
Aún funciona, a pesar de haber sido tan maltratada.
Mira las grabaciones y luego las rebobina, acción que la retrotrae a cuando vio la última película que alquiló ¿Cómo se llamaba? Por algún motivo, no lo recuerda, como tampoco puede recrear en su mente la imagen de ella rebobinando el VHS una y otra vez, repitiendo esa escena, ese minúsculo momento que le había provocado algo tan metafísico como inherente.
En efecto, allí estaba, la muchacha a la que Mario hacía alusión. Sonríe ¿Cómo era que se llamaba? ¿O nunca había dicho su nombre?
¿Luz?
Continúa rebobinando y rebobinando, volviendo hacia un momento que ya se ha ido. Cuando la lluvia cae, la encuentra durmiendo reposando la mejilla en el dorso de una mano, y sosteniendo la cámara en el brazo ensangrentado.
Escrito por Gonzalo “Pez” Rodriguez
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