¿Quién puede matar a Papá Noel?

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17 de diciembre

Eran cerca de las ocho de la noche cuando llegué al shopping. Ese horario que resulta un umbral sombrío entre el día y la noche, una zona liminal donde uno no osaría a cuestionar algún suceso de naturaleza extraña o directamente fantástico.

          Las madres apartaban a sus hijos de la escena, resguardando sus rostros con manos temblorosas. A la pasada, oí como una niña preguntaba, más con decepción que con congoja:

—¿Entonces este año no va a haber Navidad, má?

La mamá, por supuesto, no atinó a ofrecer esclarecimiento alguno, en cambio limitándose a alejar a la pequeña cuan rápido pudiera de ese truculento escenario.

          Crucé la cinta tendida por mis compañeros, un delgado portal que separaba a los espectadores de la obra profana. Enseguida fui recibido por Ezequiel, quien llevaba impreso el semblante atribulado de un niño que acaba de descubrir que no existe Papá Noel.

          —Juan — me saludó, estrechando mi mano lánguidamente —Nunca vi algo así.

          —¿Para tanto? — pregunté, incrédulo. Sondeé los alrededores con la mirada, más allá del muro de policías adivinando el cadáver que nos convocaba.

          Ezequiel se limitó a asentir.

          Entendiendo que no iba a decirme nada más, continué avanzando, abriéndome paso a través de los uniformados.

          En efecto, el crimen carecía de precedentes. Había un arbolito de Navidad volcado, sus adornos desperdigados en el suelo. Cajas de regalos salpicadas de sangre. El trono, lo propio. El cadáver en cuestión estaba lacerado en distintas partes: a la altura de las costillas; en las manos; en la cabeza. La peluca y el gorro arrojados hacia un costado, hundidos en un charco de sangre que devolvía el reflejo de afligidas miradas.

          —No sé qué voy a hacer — balbuceó Ezequiel, acercándose pero evitando clavar la vista en el cuerpo a escasos metros —. No me va a quedar otra que decirle a mi hijo que no existe Papá Noel.

          No pude evitar retrotraerme a mi infancia y al fatídico episodio en el cual desenmascaré la verdad. Mi papá había estado tomando copiosas cantidades de alcohol y, cuando mamá lo obligó a disfrazarse, me topé con un Papá Noel que no podía ni siquiera mantenerse de pie. Su “Jo, jo, jo” siendo apenas más que un balbuceo carente de vocales. Por supuesto, mamá se enojó muchísimo.

          Y él, aún vestido con las ropas de Papá Noel, le pegó.

          Le pegó hasta que el rostro de ella sangró, salpicando el pesebre.

—¿Estás bien? — me preguntó Ezequiel, arrancándome de mis recuerdos.

Asentí pero no dije nada, demasiado apesadumbrado como para hacer cualquier cosa que no sea escudriñar el mutilado cadáver de un Papá Noel sin nombre.

 

*

          Malena y los chicos me esperaron para cenar. Era casi medianoche cuando finalmente pude regresar a casa.

          Durante todo el transcurso de la comida, podía sentir la mirada acusatoria de mi esposa. Supuse que había hecho todo lo posible para evitar que nuestros hijos se enteraran de la funesta noticia, dado que ambos aún hablaban con inocente emoción de las venideras fiestas.

          —¡Estoy segura que Papá Noel va a traerme muchos regalos! — decía Belén —¡Porque este año me porte muy bien y me fue muy bien en el cole! ¿O no, mami?

          —Sí, mi amor. Ahora terminate la comida.

          —¿Comer toda la comida cuenta como portarse bien? — quiso saber Belén, mirando a Malena con sus enormes ojitos esmeralda.

          —Sí, mi amor.

          Belén ciñó el tenedor.

          —¡Entonces voy a comerme todo!

          Una vez que ellos se levantaron, retirándose a la habitación que compartían, Malena se acercó, incrustando en mi rostro una mirada de tal iracundia que parecía culparme a mí del asesinato.

          —¿Es verdad lo que dicen? — masculló, crispando sus dedos en uno de mis brazos.

          Asentí.

          —¿Cómo es posible? Tipo ¿Cómo alguien mata a alguien en un shopping sin que nadie vea al culpable? — escupió.

—No lo sabemos — suspiré, masajeándome el puente de la nariz. Me acuciaba un dolor de cabeza terrible.

          —¡Dios mío! — exclamó ella, escéptica. Se prendió un cigarrillo al que le dedicó unas largas pitadas antes de reanudar el interrogatorio ¿Desde cuándo había vuelto a fumar?

          —¿Tienen alguna prueba?

          —Hay algunas, sí. Tenemos por dónde empezar.

          —Dale — me reprochó —. No me hagas la evasiva como si fuera los del noticiero.

          —Amor — volví a suspirar, reparando en lo cansado que estaba. El estrés del día siempre se acumulaba sigilosamente hasta estallar en ese instante, cuando por fin llegaba a casa y tenía que ver a mi familia en la cara. Era en esos momentos cuando más sentía las ganas de volver a tomar —. No te estoy evadiendo, es que la verdad no tenemos nada muy concreto ¿Qué querés que haga? ¿Preferís que te describa al detalle el estado de la víctima?

          Sonó a un reclamo y enseguida me arrepentí.

          Noté que ella dejaba caer los hombros, asumiendo cierta derrota.

          —No, tenés razón — convino, cambiando su tono de voz —. Lo que prefiero es que lo solucionés en cuanto antes. No podemos dejar que Belén y Santi se enteren de lo que pasó.

          Con desdén, echó un sobre cerrado a la mesa. Trémulo, lo tomé y empecé a abrirlo, revelando la carta que contenía dentro.

          —La escribieron hoy, juntos — me dijo, repeliendo el paso de las lágrimas —. Lo mínimo que podés hacer por ellos, después de todo lo que no hiciste, es procurar que tus hijos pasen una buena Navidad.

 

18 de diciembre

          La lista de mis hijos era extensa y dudo que ni el sueldo de Papá Noel pudiera cubrir los gastos que implicaban.

          —¡Quiero eso! — indicaba un chico, recorriendo los pasillos de la juguetería junto a su madre.

          —Pedíselo a Papá Noel… — murmuró la mamá, cansada y lanzándome una mirada cómplice.

          —¡Pero lo quiero ahora! — masculló el pequeño, golpeando el suelo con la suela de sus zapatitos.

          En tanto esa madre se llevaba a su hijo casi a rastras de la tienda, yo me aproximé a una vendedora, enseñándole la lista.

          —Mmm… — dijo la joven, apoyando una mano en el mentón mientras leía ítem por ítem —. Se equivocó de local, señor. La mayoría de estas cosas las va a conseguir en casas de electrónica.

          —¿Qué? — pregunté, consternado, oscilando mis ojos entre la hoja de papel en mi mano y el rostro de la joven empleada.

          —Sí, fíjese bien — repuso ella, apoyando la yema de un dedo en la hoja —. Estos son celulares, tablets, videojuegos… no va a conseguir eso acá. De hecho — añadió, tras una breve pausa —, es probable que ni siquiera los consiga en ninguna de otra tienda del barrio.

          —¿A qué se refiere?

          —Y, es que son cosas muy nuevas, seguro va a tener que importarlas. Y, faltando menos de una semana para Navidad… — negó con la cabeza, antes de sentenciar: —Imposible que lleguen a tiempo.

          No pude ni siquiera pedirle por alguna alternativa porque la juguetería fue atravesada por un aullido de auténtico pavor. Giré la cabeza en toda dirección, intentando localizar el origen del horrísono. Otro empleado de la tienda retrocedía, alejándose de la puerta de ingreso, sus piernas temblando de tal manera que parecía cuestión de segundos antes de que se desplomara.

          Debajo del marco de la puerta, yacía un Papá Noel de rodillas, buscándome a través de su barba nívea.

          Me acerqué corriendo, justo a tiempo para atajar su caída. Solo entonces reparé en la sangre inmiscuida con el color de su disfraz.

          —¿Quién te hizo esto? — musité.

          Los vidriosos ojos de Papá Noel me contemplaron ciegamente. Era muy joven, me di cuenta. Apenas más que un adolescente. Discerní el mortecino sonido de su voz, pugnando por atravesar la barba que embozaba su rostro. La hice a un lado y aproximé la oreja a su boca.

          Pero no oí nada.

          Volví la cabeza hacia su mirada acuosa, donde una lágrima se vertía de costado, volcándose hacia el suelo.

          Había muerto.

          Desconozco en qué momento una niña carente de padres se aproximó a presenciar la escena, absorbiendo el momento en silencio, con un pulgar metido en la boca.

          Afuera de la tienda, el chico que antes exigía un juguete le preguntó a su madre:

          —¿Ahora que Papá Noel murió podés comprarme el regalo antes, mami?

 

19 de diciembre

          El jefe nos había reunido en su oficina, un espacio diminuto y sepultado por el hedor tabaco, donde las espesas volutas de humo eran solo combatidas por el ventilador que giraba y tambaleaba en el techo, inerme ante la ola de calor que se extendía por toda la ciudad.

          —Anoche — comenzó, tras aplastar una colilla de cigarrillo en un cenicero que lucía como un cementerio —, un empleado de un shopping fue a vaciar el buzón de cartas para Papá Noel. Hasta ahí, todo normal. Es algo que se suele hacer una vez por semana, tal vez más. Los chicos ya no le dejan muchas cartitas al gordo, se ve ¿Se acuerdan cómo era antes? Esos buzones estaban que explotaban. Hoy a lo mejor les mandan un WhatsApp ¿No? O quizás ni eso, qué sé yo — subrayó, con sorna y decepción en partes iguales.

          —Cuestión — reanudó —, es que el pibe va a vaciar el buzón y nota algo extraño… La caja pesa demasiado. Ni siquiera cuando está repleta pesa tanto…

          Ciñe el buzón y enseguida repara en que su peso es inusual. Mira en rededor, su mirada siendo devuelta por los pasillos vacíos del shopping. Son pasadas las dos de la mañana y las únicas personas en el edificio son los empleados: la gente de limpieza, terminando de trapear la orina de las baldosas de algún baño; el ocasional guardia, que se queda dormido de pie.

Y él.

          Posiciona el buzón en el suelo, cuestionándose qué podrá estar provocando semejante peso ¿Quizás alguien, por fin, se dignó a dejarle un regalo a Papá Noel?

          Lo abre y al principio no percibe nada fuera de lugar. Montones de sobres apilados, en su mayoría blancos salvo excepciones. Cual buceador, toma aire e introduce las manos dentro del buzón, apartando los deseos de los niños, enterrando más y más los brazos hasta que las cartas le cubren hasta los codos.

          Detiene su descenso cuando sus dedos se hunden en algo húmedo que reside en el fondo del buzón.

          Trémula y pausadamente, alza las manos, descubriendo manchas de sangre en la yema de sus dedos. Sangre que ahora gotea sobre los sobres, otrora inmaculados.

          —Y no solo eso — repuso el jefe, alcanzándonos su celular —. Al vaciar el buzón, se halló esto.

          No me sorprendió la foto que vi, puesto que antes de llegar a mí, el rostro contorsionado de mis compañeros esbozó una imagen muy nítida de lo que iba a toparme.

          En las profundidades del buzón, flotaban corazones sobre una espesa pileta de sangre grumosa.

          —¿Qué querrá ese chico para Navidad, no? — preguntó el jefe, una vez que el celular volvió a sus manos —No se preocupen, es una pregunta retórica — sacó una hoja de papel arrugada y sucia de uno de sus cajones —Esto también estaba en el buzón.

          Los semblantes de mis compañeros fueron incluso más apesadumbrados que antes. Ezequiel lloró, ocultando el compungido rostro detrás de una mano.

          —Según nos dijo nuestro psicólogo, la carta fue escrita por alguien con personalidad múltiple, siendo al menos una de estas la personalidad de un niño.

          La carta leía así:

          “Querido Papá Noel:

          Para esta Navidad, te quiero pedir un solo regalo.

          Quiero que mates a mamá y a papá”.

 

20 de diciembre

          —Yo no pienso ir a ningún lado — espeté, procurando no levantar la voz —. Vamos a pasar las fiestas acá, como siempre.

          —¡Hace años que no las pasamos con mi hermana! — me recriminó Malena, desestimando la cautela de mantener el volumen bajo. Resultaba imposible que Santiago y Belén no nos hubieran escuchado. Lo hacía a propósito, reconocí, quería ponerlos de su lado.

          ¿O sería que buscaba ponerlos en mi contra? ¿Cuál era?

          —¿Y por qué eso debería cambiar ahora?

          —¡Y porque sí, Juan! ¡Porque debió haber cambiado antes! — levantó un dedo —¡O no! Te digo otra cosa ¡Porque quizás nunca tuvo que haber sido de esta manera!

          —Basta, Malena— mascullé, parco —. No quiero ir a ningún lado donde todo el mundo pueda reventarme el culo a preguntas con lo que está pasando.

          —¿Es por eso o porque te da cagazo que todos descubran qué clase de persona sos?

          Le lancé una mirada furibunda, cerrando un puño.

          —¿Qué mierda estás insinuando?

          —¿Compraste lo que te pidieron?

          Di un paso adelante, llevándome el dedo índice a los labios sellados, indicando que haga silencio.

          —¡Podrían estar escuchándonos! — murmuré, a tan solo un paso de distancia de ella. Era la mayor intimidad que habíamos compartido en meses.

          Años, incluso.

          —¿Desde cuándo te importa lo que sientan? — siseó, mirándome provocativamente, casi como si fuera a hincar sus venenosos colmillos en mi carne.

          Enmudecí.

          —¿Y? ¿Compraste algo o tenés algún versito ensayado como siempre?

          Suspiré, hastiado de repetir la misma discusión de todos los años.

          —Malena, lo que pidieron es inconseguible. Les voy a comprar otra cosa — añadí, adelantándome a su vilipendio —. Aparte, vos también sos la madre de ellos ¿Sabías, no? Vos también podés comprarles algo.

          —Yo los llevo al colegio todos los días. Les hago de comer. Los cuido ¿Vos hacés algo de todo eso?

          —No, porque estoy trabajando.

          —Ajá ¿Y ahora estás trabajando también?

          —¿Y eso qué tiene que ver?

          —Nada, Juan — se llevó una mano a los ojos, retrocediendo —. Siempre tenés alguna excusa. Ya está. Comprales algo, o no. Hacé lo que quieras. Yo ya me cansé de mentir por vos.

          Y con ese final, se marchó, dejándome una vez más solo en las penumbras del comedor. Cada vez más oscuras, cada vez más próximas.

          Quería llorar, pero no tenía lágrimas.

          Abrí la heladera y contemplé largamente una botella de vodka, dispuesto a tirar años de esfuerzo a la basura. Después de todo, se avecinaban las fiestas ¿No? ¿Y qué es una fiesta sin un poco de alcohol?

          —¿Pá?

          Me sobresalté y giré, cerrando la heladera en el acto.

          Era Santiago, de pie en el umbral del comedor, en remera y calzoncillos.

          —¿Sí, mi vida?

          Él se acercó. Sostenía una hoja de papel doblada en una mano.

           —Quería pedirle algo más a Papá Noel ¿Está bien? Sé que falta poco para Navidad…

          —No pasa nada, Santi — repuse, extendiendo la mano para agarrar la carta —¿Qué otra cosa le pediste?

          Él no respondió, cabizbajo y tímido.

          Desdoblé la hoja, por un momento temiendo hallar la letra del asesino, expresando su deseo de que sus padres mueran.

          Me encontré con la antítesis de ello:

          Un dibujo de personas de palitos, nimbados por las palabras “Mami” y “Papá”.

          Y abajo, el texto pidiendo el regalo en cuestión…

          —No quiero que peleen más… — balbuceó Santiago, refregando sus puñitos en los ojos —. Tengo miedo de que les pase algo malo…

          “Querido Papá Noel, para esta Navidad quiero que mami y papi vuelvan a amarse”.

          Descendí la hoja a la altura de las rodillas.

          —¿Crees que la carta le llegue a Papá Noel, aunque falte tan poco para Navidad? — susurró él.

          Pero yo no supe qué responder.

 

21 de diciembre

          Los cadáveres seguían acumulándose. Ya nadie se postulaba siquiera para ser Papá Noel. Los niños atravesaban los shoppings y distintos espacios comerciales viendo su trono vacío.

          El Rey ha caído.

          —Mi señora dijo que lo mejor era no decirle la verdad — me comentaba Ezequiel —. O, al menos, no toda la verdad. Tipo, le dijimos nomás que estos Papá Noel no son los verdaderos. Que son ayudantes nada más.

          No dije nada, inmóvil junto a mi desordenado escritorio, limitándome a repasar los detalles de cada crimen.

          —¿Y vos? — quiso saber.

          Detuve lo que estaba haciendo para mirarlo con el ceño fruncido, como quien acaba de recibir una acusación.

          —¿Y yo qué?

          —Nada, digo… tenés dos hijos ¿No? ¿Qué les dijiste?

          —Casi ni los veo… — no pude detener esa obscena mea culpa, enseguida desviando el tema hacia: —Mi mujer igual se aseguró de que no se enteren de nada.

          —¿En serio? Mirá vos.

          No dije nada, molesto de tener que mentir.

          —Juan — habló entonces Ezequiel, con un tono de voz más serio —Sabés que podés contarme lo que sea ¿No? Soy tu amigo — me sonrió.

          Mientras Juan sopesaba si confesarse con su único amigo, Malena estaba en un hotel con otro hombre.

          —¿Voy a poder verte el 25? — le preguntaba este intruso, colocando una mano sobre su hombro desnudo.

          —Ya sabés que no — dijo ella, acariciando la mano.

          Yacían en una cama desarmada, sus ropas desperdigadas a lo largo y ancho de la alfombra que cubría el suelo.

          —Por favor — instó él, sin abandonar el cariz melifluo de su voz —. No puedo soportar pasar las fiestas solo.

          —No vas a estar solo, vas a estar rodeado de los chicos de tu trabajo y te aseguro que ellos te necesitan más que yo.

          —Puedo estar rodeado de todas las personas que conozco pero igual me voy a sentir solo si falta la única persona con la cual me importa compartir ese día.

          Malena suspiró.

          —Perdón, pero ya sabías que iba a ser así. Soy una mujer casada, tengo hijos…

          —¿Y entonces qué hacés acá? Yendo a escondidas como un adolescente que se ratea de la escuela.

          Malena se estudió en el espejo que yacía a unos metros de la cama. Vio la marca en su estómago, el umbral a través del cual concibió a las dos personitas que más amaba del mundo.

          —No sé qué hago acá — murmuró, observando a su doble devolviéndole una desaprobatoria mirada.

          —Bueno, pero yo sí sé qué hago acá — repuso él, su voz adquiriendo otro matiz que le costó discernir —. Yo estoy acá porque te amo.

          Malena no respondió.

          —¿Vos no me amás? — insistió él, asustado del silencio.

          Ella inhaló profunda y temblorosamente.

          —Perdoname, en serio, pero…

          Sin embargo, no hizo falta decir nada más. En el espejo, vio cómo su amante retiraba la mano de su hombro.

          Ezequiel apoyó una mano en mi hombro.

          —¿Estás bien? — preguntó.

          —¿Qué? — atiné a balbucear, sorprendido, mirando en rededor como quien retorna de una prolongada siesta.

          —Nada, te noté medio ido por un momento.

          —Ah, sí — suspiré, hundiendo la frente en la palma de la mano —. Me tiene muy preocupado este caso ¿Qué vamos a hacer para el 25?

          —¿A qué te referís?

          —Tipo, ya sé que vos le dijiste a tu hijo que las víctimas no son Papá Noel, pero igual ¿Qué tipo de Navidad te imaginás que vamos a poder tener? Se supone que es una fecha para estar juntos, tranquilos… — desvié la mirada hacia la foto de mi familia en el escritorio y añadí, taciturno: —Felices.

          —Estoy de acuerdo ¿Pero qué más podemos hacer? Ya reforzamos las unidades policiales en cada lugar donde hay un Papá Noel. Tampoco da que les exijamos que dejen de disfrazarse ¿No? La gente necesita laburar, y más en estas fechas.

          —No, obvio. Igual dentro de poco ya nadie va a querer agarrar ese laburo. Ya de por sí deben cobrar dos mangos, y ahora sumale que encima todos terminan muertos. No es el trabajo más tentador del mundo.

          —Seguro que no ¿Quién te dice? Quizá en cualquier momento vamos a tener que vestirnos como el gordo nosotros — se rio Ezequiel, dándome una palmada.

          Entonces, se me ocurrió una idea.

          —Ya sé qué tenemos que hacer.

 

23 de diciembre

          Era ya el tercer día en el que plantábamos el señuelo: Ezequiel, ataviado como el único Papá Noel en la zona. Finalmente, habíamos forzado a que nadie más cumpliera ese rol, al menos dentro del perímetro donde atacaba el asesino.

          El primer día, el 21, no hubo suerte. Con el diario del lunes, era de esperarse. Para ese entonces aún no habíamos tomado la decisión de exiliar al resto de los mensajeros de la Navidad.

          Sin embargo, el 22 tampoco hubo suerte. Aunque sí festejamos una pequeña victoria: fue el primer día sin homicidios. Lisa y llanamente porque habíamos desprovisto de víctimas al criminal.

          Lo que nos trae al 23, la jornada previa a la Noche Buena. El reloj marcaba las ocho de la noche y allí estaba Ezequiel nuevamente, solitario en el trono de Papá Noel. En un shopping distinto al de las anteriores fechas, cuyos locales estaban colmados de adultos haciendo las últimas compras antes de Navidad.

          —No va a venir — murmuró Ezequiel al micrófono que tenía oculto —. No es boludo, se dio cuenta que le estamos tendiendo una trampa.

          Podía sentir la mirada consternada de mis compañeros en cada esquina, todos vestidos como civiles, esperando a nuestra presa.

          —Va a venir, vos seguí actuando.

          —¿Cómo estás tan seguro? — Ezequiel empezaba a perder la calma y no porque tuviera miedo, sino porque estaba cansado de mi fe ciega.

          —Es un adicto — argumenté, rememorando mis problemas con el alcohol —. Tarde o temprano va a tener una recaída.

          Ezequiel parecía listo para discrepar, pero fue detenido por una familia que se aproximó con sus dos hijos, un niño y una niña.

          Escuché la conversación a través del auricular:

          EZEQUIEL: ¡Jo, jo, jo! ¿Cómo se llaman los pequeñines?

          PADRE: Cuentenle a Papá Noel lo que quieren para Navidad.

          NIÑO: Me llamo Santiago…

          EZEQUIEL: ¿Santiago? ¡Qué bonito nombre, jo, jo, jo! ¿Y usted pequeña?

          MADRE: Hablale a Papá Noel, mi amor. No le tengas miedo.

          NIÑA: No le tengo miedo porque él no es Papá Noel.

  EZEQUIEL: ¿Jo, jo, jo? ¿Qué dice, pequeña? ¿Acaso no ves mis ropas rojas y mi barba blanca?

          NIÑA: ¡Es de mentira!

          EZEQUIEL: ¡¿Qué hacés?!

          MADRE: ¡Priscila! ¡Devolvele la barba a Papá Noel ya mismo!

          EZEQUIEL: Gracias…

          MADRE: ¿Qué hacés, nena? Sabés que eso es de muy mala educación.

          EZEQUIEL: No se preocupe, en serio, es normal que los niños sean tan curiosos.

          PADRE: No es excusa. Pedile perdón a Papá Noel, Priscila.

          NIÑA: ¿Por qué? ¡Si él no es Papá Noel!

          PADRE: ¡Eso no importa! Pedile perdón o no vas a tener ningún regalo esta Navidad.

          NIÑO: Pero si él no es Papá Noel… ¿Entonces quién deja los regalos en el arbolito?

          EZEQUIEL: ¡El verdadero Papá Noel, claro!

          NIÑA: No existe el verdadero Papá Noel. Papá Noel está muerto.

          MADRE: Bueno, basta, vamonos.

          La mujer ciñó a la niña de un brazo, apretándola con violencia y casi arrastrándola, alejándola en cuanto antes de Ezequiel.

          —Un éxito lo nuestro, eh — masculló a través del micrófono —. Si no puedo ni engañar a unos chicos, menos voy a servir contra el psicópata que estamos buscando.

          —No te impacientes — aseveré, en parte para mitigar las risas de mis compañeros—. Debe estar mirándonos en este momento, cuantos más chicos vean que se acercan a vos, más probable es que haga lo propio.

          Ezequiel suspiró.

          —Si vos decís…

          Escaneé con la mirada los alrededores, tratando de localizar a algún individuo fuera de lugar, quizás solitario y tieso, contemplando con nerviosismo al único Papá Noel de la zona. Pero lo único que vi fueron una miríada de personas, perdidas en la multitud, en su desesperado vaivén para llegar a comprar los regalos para dejar en el arbolito.

          A nadie parecía siquiera importarle la presencia de Papá Noel en el centro del shopping.

          —¿No podemos cambiar un rato? — insistió Ezequiel, nuevamente arrastrándome hacia el sórdido recuerdo de mi padre maltratando a mi madre.

          Supongo que por eso me rehusaba a vestirme como Papá Noel. Por miedo a terminar siendo como él.

          Iba a responder, pero justo Ezequiel me interrumpió:

          —¿Y ese?

          —No le habrá llegado la noticia — comentó un compañero, con humor.

          Miré en rededor, buscando de quién hablaban.

          Pronto lo encontré.

          De la multitud, alguien se separó. Alguien con gorra, vistiendo de rojo. Con una voluminosa barba que le colgaba hasta la panza.

          Papá Noel.

          —¿Qué hacemos? — preguntó Ezequiel.

          —Esperemos, a ver qué hace. Seguro se va solo — contestó otro compañero, oculto tras una columna.

          El Papá Noel extraño avanzó, apartándose más aun de la multitud y aproximándose a Ezequiel. Cargaba con una enorme bolsa verde sobre su hombro, cuya henchida apariencia delataba que estaba colmada de regalos.

          —Está viniendo… — murmuró Ezequiel, tenso —Tiene algo raro en la cara…

          Desde donde me encontraba, apenas podía verlo. Me estaba dando la espalda y la bolsa cubría la mayor parte de su figura.

          —¿Una máscara? — agregó Ezequiel.

          —Decile que se vaya — musitó el policía en la columna.

          —¡Jo, jo, jo! — empezó Ezequiel, una vez que el otro Papá Noel se detuvo a su lado, contemplándolo en silencio — ¡Tenés que irte, jo, jo, jo! ¡Este shopping es mi Polo Norte!

          Pero el extraño no dijo nada.

          —¿Qué le pasa a este tipo? — espetó un compañero, sin alzar la voz.

          —¡Jo, jo, jo! — continuó Ezequiel, su exclamación desprovista de la dicha propia de Papá Noel.

          Preocupado.

          —Cerrá el culo, sonás ridículo — siseó entonces el otro Papá Noel —¿Te pensás que la Navidad se trata sobre este gordo oloroso y sobre la idea de gastar plata para comprar la felicidad? — dejó la enorme bolsa en el suelo —. Todos ustedes profanan el corazón de la verdad.

          —¿Es él? — balbucearon entonces algunos compañeros, llevando sus manos a las armas que tenían ocultas debajo de las ropas.

          Papá Noel descendía levemente hacia su bolsa, abriéndola para sacar algo…

          Viéndolo, una cosa me llamó la atención.

          El fondo de la bolsa estaba húmedo.

          Y la sangre empezaba a filtrarse a través de la tela, esparciéndose sobre las pálidas baldosas.

          Mis compañeros sacaron sus armas.

          —¡Esperen! — grité —¡No disparen! ¡Van a lastimar a alguien!

          La multitud había empezado a congregarse en torno al escenario, entre ellos decenas de niños, creando un muro que nos separaba del suceso.

           Me eché a correr con los brazos extendidos, intentando hacer a un lado a las personas que se rehusaban a cooperar. Imperturbables en sus ubicaciones, cuales espectadores ciñéndose con decisión a sus asientos.

          Los niños contemplaban el encuentro de los dos Papá Noel con escalofriante expectativa.

          Habiendo agotado todas las opciones, también desenfundé mi arma y la alcé al cielo, cuya techumbre estaba compuesta por un enorme vidrio, donde arreciaba la lluvia.

          —¡Haganse a un lado, por favor! — mascullé, en vano. Nadie parecía siquiera oírme.

          —¿Juan…? — escuché que Ezequiel susurraba, seguido de un ahogado gemido.

          Lancé un disparo al aire, perforando el vidrio.

          Solo entonces la muchedumbre se dispersó, despavorida, siendo consciente de que lo que sucedía no era ninguna puesta en escena.

          Sin esperar orden alguna, mis compañeros abrieron fuego al extraño, quien enseguida se desplomó en el suelo.

          Junto al cuerpo de mi amigo.

          Corrí hacia él, desesperado, casi resbalándome con el charco de sangre que se había formado en torno a la bolsa de regalos.

          —¡EZEQUIEL! — grité, arrodillándome a su lado y levantando su cabeza, en tanto hacía a un lado su barba de mentira, ahora roja y húmeda.

          En su cuello se extendía un sinuoso tajo, casi como una pérfida sonrisa.

          Ezequiel me miró a los ojos, forzándose por hablar. La sangre manaba a borbotones de su herida.

          —Perdón — balbuceé —. Perdón. Tuve que haber sido yo. Tuve que haber sido yo.

          Pero Ezequiel no dijo nada.

          Porque ya estaba muerto.

          La lluvia descendía sobre su petrificado rostro, entremezclándose con sus lágrimas. Quise llorar también, pero no pude.

          Alrededor mío, mis compañeros contemplaban el hecho en silencio y con rostros atribulados.

          —¿Dónde está? — musité, estudiando sus rostros —¡¿Dónde está el hijo de re mil puta?!

          Cuando volteamos hacia donde había caído el asesino, solo hallamos un charco de sangre.

          Y una máscara de Papá Noel flotando en él.

 

24 de diciembre

          Malena estaba llorando en la cama, con el cenicero en la mesita de luz colmado de colillas aplastadas.

          —¿Mami? No llores, mami — dijo Belén, ingresando al cuarto —Mañana es Navidad, no tenés que estar triste en Navidad.

          Malena extendió los brazos para recibirla con un abrazo.

          —Todo va a estar bien, ya vas a ver mami.

          La conversación fue interrumpida por una campanada. Alguien en la puerta.

          Malena miró la hora ¿Quién podría visitarla a la medianoche?

          Sin cavilar demasiado, abandonó la habitación y atravesó el comedor, en tanto los llamados continuaron, alternados entre campanadas y frenéticos golpes contra la puerta. Se detuvo junto a esta y echó un vistazo por la mirilla.

          Le tomó un momento reconocer a la persona del otro lado, parecía casi fantástico verlo allí, en el umbral de su hogar, donde vivían sus hijos.

          Donde vivía su esposo.

          Apretó los dientes. Le había advertido que nunca fuera a su casa; ni siquiera sabía cómo había descubierto su dirección ¿La habría seguido en alguna ocasión? Agitó la cabeza para espantar esa idea.

          Sin embargo, había otro detalle fuera de lugar en la imagen de su amante, presente allí donde nunca debió haber estado. Malena volvió a arrimar el ojo a la mirilla, para inspeccionarlo una vez más.

          Tenía un pequeño tajo a la altura de la frente, del cual sangraba. Y se estaba sujetando el torso, a la altura de las costillas. Entre sus dedos también había sangre.

          Reparando en que Belén seguía detrás suyo, giró rápidamente para ordenarle que se retirara a su habitación y que cerrara la puerta.

          —¡Pero má…!

          —¡Ahora! — instó Malena, usando un tono que dejaba muy en claro que no estaba dispuesta a negociar.

          Una vez hubo oído el sonido de la puerta del cuarto de sus hijos cerrarse, abrió la puerta que tenía frente suyo.

          —¡Male! Gracias a Dios que estabas en casa… — balbuceó, lanzándose hacia adentro. Ella tuvo que erguir ambas manos para atajarlo y evitar que ambos se desplomaran en el suelo, como antaño habían hecho, en circunstancias hartamente distintas.

          —¿Qué te pasó?

          Él retiró la mano de la herida.

          —Me dispararon.

 

*

          El televisor seguía repitiendo lo sucedido hace tan solo horas. El shopping. Los disparos. La muerte de Ezequiel. La desaparición del asesino.

          —¡Apagalo de una vez! — mascullé, tragándome alguna vocal.

          Walter, el bartender del otro lado de la barra, obedeció y se puso a secar una jarra de cerveza.

          —Así que por eso volviste, después de tanto tiempo.

          El bar estaba vacío, excepto por nosotros dos y por un tipo en la cabina de una esquina, cuya cabeza en la mesa insinuaba que estaba dormido o muy borracho.

          O ambas.

          —Soy un pelotudo, Walter — murmuré, hundiendo la cabeza en una mano —. Tuve que haber sido yo. Era mi idea. Tuve que haber sido yo.

          —No tenías manera de saber lo que iba a pasar, Juancito — solía llamarme de esa manera. Walter tenía edad suficiente como para ser mi padre y era un buen terapeuta para estos momentos.

          Aunque no tan eficaz como el alcohol.

          —Servime otro — repuse, alzando el vaso que enseguida Walter llenó con el whiskey más caro que mi exiguo sueldo podía pagar.

          —¿Cómo están las cosas con tu mujer?

          Le lancé una mirada furibunda, si bien sabía que no lo preguntaba con malas intenciones.

          —Creo que la última vez que la toqué era la época del uno a uno.

          Walter soltó una carcajada.

          —Mierda, casi que superás mi récord.

          Sin responder, apuré el vaso de whiskey para luego agitarlo en el aire.

          Pero Walter apoyó su mano en este, obligándome a bajarlo hacia la barra pegajosa de imborrables aureolas de alcohol, huellas de penurias pasadas pero sempiternas.

          —No te creas que no me agrada volver a verte, Juan. Pero andá a tu casa. Lo que sea que estés buscando vas a encontrarlo ahí, no en el fondo de ese vaso — y añadió, con un tono sombrío: —Creeme, lo sé.

          Suspiré, incapaz aún de llorar. No recordaba cuándo había sido la última vez ¿Quizás cuando papá le pegaba a mamá?

          —Era padre, Walter. Estaba casado y tenía un hijo.

          —Y vos también ¿Qué sentirías si murieras hoy sin poder volver a verlos?

          —Tenía tanto miedo de morir sin volver a verte.

          —¿Qué estabas haciendo? ¿Cómo te pasó esto? — le preguntó Malena, acomodándolo en una silla y mirando la herida en su cabeza. Lo limpió apenas, ya que era superficial.

Lo que le preocupaba aguardaba detrás de su remera.

          —Estaba trabajando en el shopping, viendo las cartas de los chicos… Cuando vi a tu esposo — tomó aire —Iba a decirle de lo nuestro…

          Malena dio un paso atrás, estólida.

          —¿Qué?

          Él la contempló, largamente.

          —Sé que me amás, aunque te rehúses a pronunciarlo. Algunas cosas son más verdaderas cuando no las decimos en voz alta.

          Ella no lo contradijo, en cambio reanudando su actividad y concentrándose en quitarle la remera con cuidado.

          —Bueno, y nada… — continuó él —, de la nada empezaron a disparar y me dieron.

          —¿A disparar? ¿Adentro del shopping? ¿A quién le estaban disparando? ¿¡Se volvieron locos!?

          —No sé, la verdad no sé, pasó todo tan rápido…

          Malena se detuvo, estudiando el estado de su torso.

          —La bala sigue ahí… — balbuceó, trémula —. Voy a tener que sacarla ¿Está bien?

          Tomó un cuchillo y vació la única botella de alcohol de la heladera en él.

          —Mordé esto — le dijo, metiéndole un trapo en la boca —. No quiero que mis hijos te escuchen.

          Él abrió la boca y mordió el trapo.

          Ella introdujo la punta del cuchillo en la herida.

          Él apretó los dientes.

          Ella giró en círculos el cuchillo, buscando el hueco para deslizar la hoja debajo de la bala.

          Pero antes de que lo hallara, oyó una puerta abrirse. Giró sobresaltada, con un hueco en el pecho, esperando ver a sus hijos en el umbral de la cocina.

          En cambio, vio a otra persona.

          —¿Malena?

          No dijo nada, soltando el cuchillo como quien es sorprendido cometiendo un acto de infidelidad.

          —¿Qué carajos está pasando? — insistí, ante el silencio de mi mujer y del extraño.

          Antes de que ninguno atinara a balbucear una excusa, reparé en las heridas del desconocido. Un rasguño en la frente. Un balazo debajo de una costilla.

          Era él.

          —¡Alto ahí! — espeté, blandiendo la pistola en su dirección.

          —¿Juan? ¿Qué mierda estás haciendo? — gritó Malena —¿¡Te volviste loco!?

          —¡Malena, correte! ¡Por favor!

          Pero ella no solo no hizo caso, sino que se colocó firme entre el arma y el asesino.

          —¡Malena, por favor! — repetí, agitando el arma en el aire —¡Él es el asesino que estamos buscando!

          —¡Estás confundiendo las cosas, Juan! ¡No es un asesino! Es…

          Se detuvo, vacilante.

          —¿Quién es, Malena? — mascullé, desconcertado —¡Decime quién es!

          Ella volteó brevemente para mirar al extraño, en cuyos ojos ensangrentados pareció hallar la respuesta que necesitaba.      

          Entonces, volviendo la atención nuevamente hacia mí, develó:

          —Es mi amante.

          —¿Qué…? — descendí el arma y sentí que por fin iba a llorar. Mi rostro se contorsionó…

          Pero ninguna lágrima se derramó por mis áridas mejillas.

          —Perdón, Juan — argumentó ella —. Te lo iba a decir, te juro que te lo iba a decir…

          Negué con la cabeza.

          —No me importa quién sea para vos… — murmuré, cabizbajo. Y volví a subir el arma, apuntando hacia ella y hacia su sórdido amante —. Me importa quién es para mí ¡Y para mí es el hijo de puta que mató a mi mejor amigo!

          Malena torció el semblante, confundida.

          —¿Ezequiel? ¿Ezequiel murió?

          —¡Sí, y este hijo de puta lo mató! — farfullé, ciñendo el arma con ambas manos —¡Ahora movete, Malena! ¡No me obligues a tener que lidiar con vos también!

          —Juan… perdón, ya sé que estás mal y lamento mucho tu pérdida, en serio… pero estás confundiendo las cosas…— continuó ella, con un tono melindroso que ya no soportaba. Como si yo fuera un niño que acabara de descubrir el desilusionante secreto de la Navidad.

          Harto de las mentiras, crucé la cocina y aparté a Malena del camino con un brazo.

          Apoyé el cañón del arma en la frente ensangrentada del extraño.

          Del amante de mi esposa.

          Del asesino de la Navidad.

          —Vas a pagar por lo que hiciste, hijo de puta — musité.

          A él no pareció importarle, limitándose a contemplarme con una mueca similar a una sonrisa.

          —¡Juan, no! — gimió Malena, aferrándome de un brazo. Me la saqué de encima con un golpe, volcándola en el acto contra la mesa, en tanto ella se tocaba la mejilla sorprendida, allí donde la había lastimado.

          —¿Estás seguro de que voy a ser yo quien pague el costo? — murmuró el asesino, con escalofriante sosiego.

           Pestañeé, desconcertado ante su pregunta.

          —¿Qué?

          —¿Papá?

          Giré la cabeza, viendo a mis hijos en el umbral de la cocina.

          Entonces, el gatillo se jaló por sí solo.

          Y los sesos del extraño se esparcieron en el suelo y en la pared, bañando de sangre a Santiago y Belén. 

 

25 de diciembre

          Walter colocó la botella de whiskey junto a mí en la barra. Hoy sí que éramos las únicas almas en el local.

          —Perdón — me dijo, retirándose por una puerta del fondo.

          No dejaba de darle vueltas a los sucesos de la noche anterior. La aparición de mis hijos. El arma que se disparó sola ¿O quizás él me había obligado, presionando mi dedo con sus sanguinolentas manos? Creía haber sentido que algo me apretaba, dirigiendo mis movimientos hacia ese funesto desenlace.

          Pero no estaba seguro. Todo había pasado tan rápido.

          Por supuesto, Malena me dejó de inmediato, llevándose a Santiago y a Belén consigo.

          El jefe me dejó tranquilo, alegando que, a pesar de los pormenores del homicidio, en definitiva, había puesto punto final al tormento de la ciudad.

          —A mí manera de verlo, sos un héroe.

          Así y todo, no me sentía bien conmigo mismo. No me sentía responsable de haber librado al mundo de su agresor.

          Y, así y todo, aún no podía llorar.

          Agarré el vaso vacío y estudié su fondo, lo cual de alguna manera me retrotrajo a las profundidades de ese ignoto buzón donde había sido hallada la carta del asesino.

          “Quiero que mates a mamá y a papá”.

          ¿Qué habían dicho? ¿Que quien redactó esa carta sufría de personalidad múltiple?

          “Siendo al menos una de estas la personalidad de un niño”.

          Giré la cabeza hacia la única ventana del local. Afuera, las desoladas calles estaban teñidas de azul.

          “Le dijimos nomás que estos Papá Noel no son los verdaderos”.

Eran las ocho. La hora en la que nadie se atrevería a cuestionar algún suceso extraño.

“Que son ayudantes nada más”.

O directamente fantástico.

          Avanzaban en fila, una procesión maldita. El regalo que habían pedido finalmente había llegado. Se habían portado bien durante todo el año y ahora era momento de celebrarlo.

          Allí, en esa esquina apartada del centro, estaba el tugurio que los convocaba. Un lugar donde los deseos se hacían realidad.

          Él fue primero, abriendo la puerta…

          —No… — balbuceé, adivinando las siluetas diminutas en el umbral —No, no, no… — repetí, como si eso fuera a ahuyentar a los niños que cruzaban hacia adentro, encerrándome en las profundidades del bar.

          El líder de ellos era Santiago, con Belén como escolta.

          —Por favor… juro que voy a ser un mejor papá — imploré, omitiendo las vocales —. Por favor… Santi… — extendí una mano temblorosa hacia su rostro carente de emoción —. Belu…

          Pero la única respuesta que obtuve fue el resplandor de las armas que alzaron: cuchillas, tenedores y distintas herramientas que habían robado de las cajas de herramientas de sus padres.

          —Por favor, Santi — me arrodillé —. Te juro que amo a tu mamá. Les juro que podemos volver a ser una familia, se los juro…

          Me rodearon.

          Entonces por fin, después de tanto tiempo, recordé el sabor de las lágrimas.

 

Escrito por Gonzalo “Pez” Rodriguez

Todos los derechos reservados
 

 

 

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