El Fantasma Escarlata
Hacé click acá para leer el cuento en formato PDF o EPUB
Vi a mi novia en la fiesta de Halloween.
Pero no era posible.
Porque ella está muerta.
**
“¿Vamos vestidos de la misma manera?” me había sugerido ella, hace ya un año. Me había parecido una idea simpática, por lo cual accedí sin serle muy esquivo. El disfraz que propuso a continuación me hizo reconsiderar mi permisividad: una sábana.
“¡Pero esperá!” me detuvo alzando un dedo, adivinando la decepción en mi rostro: “Porque le vamos a dar un toque personal”.
La susodicha caracterización resultó ser: dos tajos cosidos, a la altura de los ojos, “porque los fantasmas anhelan ser vistos” argumentó ella; y un grillete en el cuello, “porque no pueden escapar de su destino”.
Con esos inusuales disfraces fuimos a la fiesta de unos amigos. Se trataba de una casona distante, lejos de la mecánica algarabía de la ciudad. A donde fuera que viéramos, nuestra mirada era devuelta por las penumbras de un campo que se extendía más allá de lo visible para un mero ojo terrenal. En el techo del mundo, las estrellas yacían incrustadas, relucientes pero mortecinas. Uso el término “incrustadas” a consciencia, porque cuando era chico tenía la ilusión de que, en algún ignoto día que nunca llegaría, iba a poder merodear sobre ese umbrío océano, arrancando de cuajo a cada una como si se trataran de estrellas de mar a orillas de una playa sideral.
“Lo único que siempre vemos de ellas es su fantasma”, me decía mi novia siempre que me atrapaba absorto, contemplando hacia arriba como quien anticipa el desvelamiento de una señal.
Fue una noche más bella de lo que las palabras son capaces de expresar. Ciertos momentos de nuestras monótonas vidas adquieren ese apoteótico valor: instantes en los que la dicha colma nuestros pechos, donde afligidos corazones parecen sanarse en aguas oriundas del río Lete. Creo que no solo las palabras quedan inermes ante tal situación, incluso sucede lo mismo con las imágenes y el sonido. Sean fotos o sean videos, todo queda reducido a un sombrío recuerdo de la felicidad que alguna vez creímos tener.
Pero que ya hemos perdido.
Para empezar, por un lado se trató de una fiesta con una convocatoria a la altura de la celebración ¿Cuántas veces uno asiste a una fiesta de Halloween desprovista de disfraces acordes a la situación? En esa ocasión, los pasillos de esa extraña casa eran pululados por variopintos seres de ultratumba, aquellos que por un motivo u el otro no pueden cesar de regresar hacia la remota tierra de los vivos, en busca de algo que les es esquivo.
Tan pronto llegamos con mi novia, me maravillé con un grotesco zombie que bebía cerveza de un vaso de plástico, la comisura de sus labios surcadas de alcohol. Poco después, me crucé con un vampiro hincando los voluminosos colmillos en un sándwich de carne. Al rato, un monstruo cuyo rostro era un rompecabezas de cicatrices, envolvía con sus brazos a una muchacha pálida, que parecía complacida por el afecto.
Como adelanté, fue una velada sin igual. A la medianoche nos aglomeramos en torno a una fogata, donde incluso las sombras se aproximaban, deseosas de compartir la calidez de los vivos. Contamos historias varias, de espectros y familiares que delataban la existencia de un invisible más allá.
“No creo que sea tan así” arguyó mi novia. “Que no lo podamos ver con nuestros ojos, no quiere decir que sea invisible o que no exista”. Y repitió lo que solía decirme de las solitarias estrellas. Entonces todos nos detuvimos a contemplarlas, en nuestros taciturnos silencios adivinándose el pesar de quien sopesa la tragedia de una vana existencia.
“Tiene razón”, reconoció alguien “¿Nunca sintieron que alguien los mira? Como si tuvieran una presencia sobre su hombro”.
Hubo algunos tímidos asentimientos.
Fue una velada única, irrepetible. En cuyos funestos últimos compases perdí de vista a mi novia: quizás por el alcohol; quizás por algún motivo superno. Fuera como fuera, repentinamente me hallaba solo, muy solo, y el frío de las sombras parecía cernirse sobre mi alma confundida, a pesar de estar rodeado de personas.
La busqué y la busqué, evadiendo al sinfín de no muertos que colmaban los angostos pasillos de la casa; llamé su nombre ascendiendo las escaleras, hacia las deshabitadas habitaciones; y la encontré al bajar hacia un sótano sepultado por una tiniebla donde la luz del sol nunca había brillado.
Primero avisté un espejo, hace añares olvidado allí abajo, hasta entonces incapaz de reflejar nada más que las paredes carcomidas por la humedad de ese sótano oscuro. Y a través de su malhadado cristal adiviné la imagen de mi amada: petrificada en el suelo, con la sábana aún recubriéndola.
Su disfraz se había convertido en su mortaja.
Muerte súbita, lo llamaron los expertos.
*
En la lengua española, y quizás en ninguna otra, existen palabras para describir la congoja que me hundió día tras día en la más absoluta de las miserias. Los días se desvanecen, extraños, casi como si nunca sucedieran.
Su ausencia dejó en mi vida un abismo al cual me entrego dócilmente todas las noches; ocasiones en las cuales, otrora, reposaba mi cabeza en su pecho, durmiéndome con el arrullo de su corazón.
Ahora duermo solo. A veces despierto atormentado, convencido de haber oído el latido de su corazón, aprisionado en la almohada. En otras oportunidades, mi desvelo es precedido por una horrible pesadilla, en la cual vislumbro el espejismo de un recuerdo que se me escapa. En él la veo, ataviada en el disfraz de aquella fatídica noche. Pero las sábanas, antes de un blanco inmaculado, se empiezan a tornar rojas… Entonces abro los ojos.
Al principio, esta visión me visitaba con ciertos días de distancia. Últimamente, se presenta todas las noches. A veces, incluso de día. Aun estando despierto. Y cada vez que me abandona, siento cómo se lleva una parte mía consigo…
Por eso, cuando se presentó la oportunidad de repetir la infausta fiesta, no vacilé en decir presente, acuciado por la mortecina esperanza de hallar algún tipo de fin a mi penuria.
Y allí estaba ella. Vestida igual que hace un año, pero algo había cambiado: el blanco de la sábana había adquirido otro color, uno rojo y oscuro. No obstante, a diferencia de mis febriles visiones, donde siempre despertaba antes de que esa mancha profana terminara su labor, ahora esta ya estaba finalizada.
La sábana era completamente roja.
No vi más opción que ir detrás de esta extraña aparición, mis movimientos ejecutados con el sopor propio de quien se encuentra en un trance.
En todas las habitaciones de la colosal casa vislumbraba imágenes que eran el eco de las de antaño: el zombie con el torso húmedo de alcohol; el vampiro enterrando sus dientes en una carne que manaba sangre; el monstruo, ya putrefacto, sosteniendo en sus brazos a la muchacha sumida en una terrible lividez. Afuera, el fuego convocaba a espíritus inquietos.
La continuaba perdiendo de vista. Ante cada paso que daba, la casa parecía volverse más grande; imprecisa, incluso, cambiando la disposición de sus habitaciones con pérfida arbitrariedad. Quizás era producto del alcohol, pero me era imposible mantener el sentido de la dirección, cada pasillo más sinuoso que el anterior, confiriendo a los espacios la complejidad de un laberinto. No sé cuánto pululé hasta empezar a saborear mi derrota, dejándome caer contra una pared, sollozando como un niño que ha perdido a sus padres en un lugar público.
Entonces lo escuché.
La misma sinfonía que acompasaba mis más plácidos sueños.
El dulce latido de su corazón.
Descendió a mi auxilio como una señal, y enseguida me incorporé, reanudando mi búsqueda.
De pronto, el sendero se aclaró; lo que hasta hace segundos era un panorama sepultado en una miríada de sombras, ahora tenía un destino inequívoco. Cada palpitación reverberaba en las paredes, en los techos y en los suelos, como un sismo que me empujaba hacia nuestra anhelada reunión. Erigió un puente invisible a través del cual crucé la fiesta, de un extremo al otro, prontamente hallándome en una escalera.
La cual no quise detenerme a observar si ascendía.
O si me hundía aún más.
Y allí estaba, de regreso en una habitación oscura, dominada por el hedor a encierro, donde la humedad extendía ponzoñosas manchas en todas las superficies, descascarando la vetusta pintura.
El sótano.
Ahuyenté de mi mente el pavor que me provocaban estas imágenes, concentrándome en ella, en el espectro rojo a escasa distancia de donde me encontraba. Me esperaba.
Me había estado esperando todo este tiempo.
Llamé su nombre, en vano.
Alcé una trémula en mano, la agonía por tocarla, por sentir el calor de su piel sobre la mía, era intolerable e impostergable.
Pero lo único que sentí fue una temperatura glacial e infernal, que provocó oleadas de dolor en todo mi cuerpo. Y entonces me sentí frío, muy frío y más solo que nunca antes.
Era mi cuerpo el que estaba tocando.
Noté que alguien la llamaba, pero no pude discernir las palabras que componían esa voz incorpórea, que llegaba a mí como el sonido proveniente de un teléfono cuya señal languidece.
Ella se marchaba, abandonando esa aciaga habitación, dejando atrás incluso la casa, mientras admitía:
“Esperaba… no sé. Esperaba aunque sea, de alguna manera, poder sentirlo.”
Y yo lloré, primero por el milagro que representaba volver a oír su angelical voz. Y luego porque finalmente enfrenté el terror que me envolvía hace ya un año.
La sabana se descorrió momentáneamente y lo vi todo muy claro: el ondular del río en una caverna; el reflejo de mi rostro sin vida en sus aguas cristalinas; el líquido que era en realidad el espejo; el espejo que era una ventana hacia otro mundo en donde me encontraba encadenado.
Aún disfrazado, con esos atavíos que revelaban mi verdadero y eterno rostro.
Intenté salir de la casa, seguirla hacia afuera, para abrazarla, para al menos susurrarle algo al oído. Decirle cuánto lo sentía, cuánto la extrañaba. Pero el grillete se cerró aun más sobre mi esquelético cuello, arrastrándome infinitamente hacia mi nuevo hogar, allí donde había muerto un año atrás, cuando la vida decidió abandonar mi cuerpo.
Volteaste apresurada, mirando hacia el umbral en el cual me hallaba prisionero. Y desde entonces me pregunto si me habrás visto. Si habrás contemplado este fantasma escarlata en el que me he convertido, mis sabanas teñidas de sangre porque, incluso muerto, mi corazón no puede dejar de llorarte.
Marchitándose, en el antinatural esfuerzo por preservar nuestros recuerdos.
Los cuales, poco a poco, se van oscureciendo.
Apagándose, como las estrellas.
Y yo, que estoy desapareciendo.
A no ser, que sigas viniendo.
Escrito por Gonzalo “Pez” Rodriguez

Me encanta la forma que fue tejida la historia, los personajes, el ambiente, todo es perfecto. Emocionante
ResponderBorrar