Rebobina Antes de Morir - Tercer Acto
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02:13hs
Un Mario niño ingresa al videoclub, tomado de la mano de su madre. En su otra mano, Lucía, también pequeña. Mamá saluda al hombre detrás del escritorio, en tanto la futura pareja —y ex pareja— sale eyectada en direcciones opuestas: ella, hacia la derecha, a la sección de películas infantiles; él, hacia la izquierda, donde aguardan los VHS prohibidos.
Las películas de terror.
Mario contempla las portadas boquiabierto, manteniendo cierta distancia de la estantería, como si las cajas pudieran morder. Estudia cada imagen con minuciosidad, cuyas sugerencias ramifican en su subconsciente para siempre: Carnaval del Terror; Halloween III: Noche de Brujas; El Hombre Elefante...
Esta última cae al suelo tan pronto mueve los ojos de ella.
Se vuelve hacia la caja, ahora en sus pies. Se agacha y la agarra. Contempla la imagen de un hombre enmascarado, con apenas una diminuta ranura oscura sirviendo como puente entre su desconocida mirada y el mundo alrededor. Invadido por una escalofriante curiosidad, corre con sus pies pequeños hacia su madre, quien conversa con el hombre del local.
—¡Esta, má! ¡Quiero esta! — vocifera con entusiasmo, alzando el VHS cual trofeo. Su madre toma la película con ambas manos, frunciendo el ceño.
—Mario, ya sabés que no podés ver estas películas.
—¡Pero mamá! — chilla quejumbroso el pequeño Mario, estampando la alfombra con la suela de su zapatilla.
—¡Y yo quiero esta! — revela Lucía, acercándose con una sonrisa que dejaba divisar los huecos entre sus dientes de leche. Mamá gira hacia ella, tomando la caja que la niña le entrega.
—Esta sí ¿Ves Mario? Esto sí es algo para que veas vos — tercia mamá, devolviéndole a Mario la película de terror —. Ahora dejá esto donde estaba.
Mario agarra el VHS de mala gana, su rostro enrojecido mientras arrastra los pies de vuelta a la hilera de la izquierda, ahora a su derecha. Encuentra rápido el espacio vacío donde antes yacía la caja. Levanta la mano para dejarla en su lugar, cuando algo le llama la atención: al fondo del estante, parece haber algo.
Un pequeño agujero, del tamaño de una moneda.
O de un ojo.
Deja el VHS en la alfombra y se aferra con ambas manos al estante, esforzándose por alzarse y ver bien aquello que acaba de descubrir.
Jala con todas sus fuerzas para levantar su cuerpecito.
Definitivamente hay algo del otro lado de la pared. Ve un cuarto más allá, y ahora un movimiento, y ahora...
¡Un cuchillo que se desliza a través del agujero, su gélida punta rozando el rostro pueril de Mario!
El niño cae al suelo, asustado, sangrando.
—¡Acaso no escuchaste a tu madre, mocoso! — reverbera una voz cavernosa en las paredes —¡No deberías meterte donde tenés prohibido!
Una estridente risa le hace rechinar los dientes en tanto se incorpora y huye hacia su mamá, dejando un sendero de sangre por donde corren sus piecitos. Pero mamá ya no está. Ni Lucía. Ni nadie. Tan solo hay lugar para un televisor de tubo en el escritorio de la recepción, donde la máscara del monstruo de Frankenstein es arrancada para develar...
¡Dios! ¡Qué horror! ¡Qué horror!
Un grito hace eco en las paredes y, en un abrir y cerrar de ojos, es de nuevo un joven adulto, maniatado con montones de videotape a un estante del local. Voltea y, unas estanterías más allá, ve a una sollozante Elena, junto a alguien encorvado, su rostro desnudo tan horrible que duele la cabeza de tan solo de contemplarlo.
Entonces recuerda todo.
¿Dónde está Lucía? ¿Está bien?
Forcejea con el estante, incapaz de zafarse. El mueble no cede ni un ápice y las cintas calan sus muñecas como alambres de púa.
A sus espaldas, el balbuceo del monstruo es tan sombrío que cuesta llamarlo una voz. Más bien es un sonido, tan primitivo como el ulular que precede a la tormenta.
—¡No entiendo! ¿Qué querés? — berrea Elena, llevándose las manos a la cabeza. No está atada. El monstruo arrastra sus pies hacia el televisor, donde no se emite imagen alguna más que ruido blanco. Golpea la pantalla y balbucea.
—¿Querés mirar algo? ¿Eso me intentás decir? — pregunta Elena, inmóvil, las lágrimas surcando sus mejillas.
El monstruo asiente con otro estertóreo sonido.
—¿Qué querés mirar?
Él emite un sonido similar a un rugido. Elena alza las palmas de las manos a modo de inerme defensa ante un posible golpe.
—¡Está bien! ¡Está bien! Dame un segundo — da media vuelta, dispuesta a elegir una película. Es entonces cuando cruzan una mirada con Mario. Él mueve la cabeza hacia la entrada del local: la puerta está abierta. Por un momento, Elena parece que está por sonreír, pero entonces inhala y retoma su representación, hurgando las hileras de películas, sopesando los distintos géneros. La criatura sigue sus movimientos con los ojos, como en un trance.
Mario vuelve a luchar contra sus ataduras, en vano aún.
Piensa ahora en Tomás y Uriel ¿Estarían allí también? ¿Quizás tumbados del otro lado de un estante, donde no alcanzara a verlos desde su posición? ¿Y Lucía? Tiene que librarse en cuanto antes.
Elena agarra un VHS y se lo muestra a la criatura, quien profiere un ruido tenebroso y le golpea la mano, volcando la película al suelo.
—¡Está bien! ¡Perdón! ¡Ahora busco otra! — explica ella, sorbiendo los mocos. Voltea y busca rápidamente, sus ojos casi de manera automática reposándose en una portada que reza: FRANKENSTEIN Y EL MONSTRUO DEL INFIERNO. Se la lleva a la criatura, quien arrastra sus húmedos y rollizos dedos a través de la ignominiosa imagen del personaje confeccionado en las remotas fauces del inframundo.
Ahora, el monstruo hace un ademán hacia el reproductor. Elena mete la película, pero lo que aparece en la pantalla no son los créditos. Quien fuera que la haya alquilado por última vez, olvidó rebobinarla. Por lo tanto, la película arranca por el clímax, cuando el desgraciado busca el amor de un ángel y es vilipendiado por el resto de los personajes en el Agón. Destruido hasta que quedan de él tan solo los restos, de lo que ya de por sí eran restos.
Elena retrocede en tanto el monstruo, hipnotizado frente al televisor, brinca furioso, profiriendo un ruido que parece ser su recreación de un sollozo. La directora de arte mira a su director, quien le indica con la mirada que escape. Ella asiente y echa a correr. Corre más allá del umbral del videoclub; más allá del marchito pasillo y escaleras abajo, donde pisa el monitor en el suelo y resbala, cayendo escaleras abajo.
El monstruo sale corriendo tras ella, en tanto Mario continúa su forcejeo inútil.
Entonces, una puerta se abre. Aquella que antaño rezaba “prohibido”, de cuya advertencia queda apenas una mancha. Y del umbral, emerge una silueta gacha, que mira en rededor con suma cautela. La mitad de su cuerpo, del hombro hacia abajo, yace ensangrentado.
—¡Lu! — masculla Mario sin levantar la voz, mirando a su ex pareja. Ella lo ubica rápidamente y, escrutando la zona una última vez, se acerca corriendo. Mario repara en que lleva el cuchillo de utilería en sus manos.
—Quedate quieto — murmura ella, blandiendo la hoja contra las cintas de videotape que esposan a Mario. Él asiente, estirando las manos hacia los costados lo máximo posible, en tanto el filo del cuchillo cercena los grilletes, en el vaivén rozándole las muñecas.
Del pasillo les llega el eco del monstruo, profiriendo un sonido imposible de definir, semejante tanto a un alarido de tristeza como a un iracundo grito.
—Rápido — musita Mario. Ella hace caso omiso, sin quitarle los ojos de encima al control remoto transformado en cuchillo el cual, hace unas pocas horas, casi le quita la vida. Ahora, estaba por salvar otra.
Y en efecto, Mario es liberado.
Respira aliviado e intercambia una mirada con su ex pareja. La expresión que le devuelve es extraña, sugiriéndole que el afecto no es recíproco. Siente algo de vértigo, pero ahuyenta esa sensación.
—¿Estás bien?
Ella mira de reojo a la mancha de sangre que se extiende en una parte de su cuerpo.
—No es nada.
—¿Viste a los otros?
Lucía arruga el semblante.
—Estoy sola.
Una vez más, la duda embota los sentimientos de Mario y nuevamente debe valerse de un enorme esfuerzo por repeler esas vacilaciones melodramáticas y mundanas.
Da media vuelta y se acerca a la puerta, saliendo del videoclub y asomándose en el pasillo. Lo primero que hace es estudiarlo todo con la mirada, en busca de la mochila de Elena, donde habían dejado sus celulares. Tal cual intuía, la mochila había desaparecido.
Escaleras abajo, el monstruo se encuentra de cuclillas junto a Elena. Está inmóvil, si bien desde esa distancia resulta imposible discernir si vive o no. La criatura mueve un brazo sobre ella. Por primera vez, Mario es capaz de estudiar la cabeza del profano sujeto, si bien tan solo de atrás. Tiene unos huesos de enormes y deformes proporciones, al punto tal que pareciera estar próximo a estallar y sepultar la galería con sus asquerosos sesos ¿Quién osa a suponer qué pensamientos recorren ese cerebro? Apenas unos pocos pelos cuelgan de su húmeda calvicie, no los suficientes para llamarlo un cabello. Más bien pareciera algo que está ahí para engañar que es similar a cualquier otro ser humano, aunque tampoco Mario se animaría a concluir que se trata de un hermano.
—¿Y si corremos hacia la salida? — susurra Lucía, a sus espaldas. Él mueve la cabeza en desacuerdo.
—Podría atraparnos. Es muy peligroso.
—¿Tenés otra idea?
De un momento al otro, el monstruo levanta su cabeza.
Mario queda aterido, paralizado por la zozobra.
El monstruo gira la cabeza sobre su hombro. Tan solo vislumbrar el perfil de su protervo rostro azota las sienes de Mario con un atronador dolor.
Lucía lo aferra de un brazo, arrastrándolo hacia un costado, irrumpiendo más allá de una desvencijada fachada de un local deshabitado.
El monstruo sube las escaleras en cuatro patas, de su boca emanando un jadeo salvaje. Sin abandonar esa posición, brinca a lo largo del pasillo, hasta llegar al videoclub.
Lucía mueve una mano en dirección a las escaleras y al pasillo del primer piso, ahora desprovisto de amenazas. Mario asiente y echan a correr, evitando pisar nada a su paso que pudiera alarmar a su acosador. Bajan las escaleras, haciendo caso omiso del monitor en el suelo. Una vez abajo, ven en el fondo del pasillo la salida.
La persiana está bajada.
De todos modos, Lucía no mengua la marcha, corriendo hasta casi chocarse contra los barrotes. Pasa los dedos entre estos y, sacudiéndolos, chilla sin atreverse a levantar mucho la voz:
—¡Ayuda!
Pero afuera no hay nadie. La calle está despojada de almas, y una copiosa niebla lo envuelve todo, confiriéndole a la noche un clima fantasmal.
Atrás, aún al pie de las escaleras, Mario se arrodilla junto a Elena. Su pelo está mojado de sangre. Respira, sí, pero no por mucho más si no consiguen asistencia médica.
Desde arriba les llegan los iracundos bramidos del monstruo, entremezclados con los estruendos de los estantes siendo derribados.
Lucía voltea y, sin separarse en lo más mínimo de la persiana, mira a Mario con la congoja ensombreciendo sus ojos. Él le hace un ademán para que se acerque y juntos levantan a Elena, cada uno cargándola sobre un hombro. Agotada toda otra alternativa, deciden descender a la oscuridad absoluta del subsuelo.
Cargan a Elena hacia el local más lejano y el único con sus puertas abiertas; o rotas, de hecho, como una suerte de provocativa invitación. Una vez allí, caminan con cuidado de no pisar el vidrio, y dejan a la chica contra una pared, lejos de las esquirlas y junto a una pila de máscaras.
—¿Quién es ella? ¿La conocés?
—¿Quién? ¿Elena?
—¿Ese es su nombre?
Mario da un paso hacia atrás. Agita la cabeza, desconcertado.
—Sí... — titubea—¿Cuál es tu nombre?
Y entonces llega la revelación.
—Ariadna.
Un sonido peculiar brota de la boca de Mario. Quizás una risa, aunque su naturaleza podría ser tanto irónica como histérica.
—¿Y viniste acá a devolver una película?
—Sí ¿Por? ¿Cómo sabés eso? — pregunta, adquiriendo un tono defensivo.
—¿Terror en el Shopping Center?
Ella da un paso hacia él, entre perturbada y enojada.
—¿Cómo sabés?
La respuesta es interrumpida por la vibración de un celular. Ambos giran la cabeza, siguiendo el sonido hacia más allá de las góndolas echadas en el suelo, topándose con un bulto de máscaras. Las hacen a un lado, como quien desgarra la tierra con sus propias manos. Sepultado bajo estas hallan a Eric, su rostro lívido y contorsionado en una expresión de perenne agonía, debajo del cual una mancha morada se extiende por su cuello partido.
En su bolsillo, el celular continúa vibrando.
Desesperado, Mario lo toma.
Ariadna se lleva las manos a la boca, alejándose en tanto el miedo arrebata el color de su rostro, incapaz de retirar los ojos del cadáver.
Mario contempla la pantalla del celular. Tiene 6% de batería. Vibra porque había llegado un mensaje: “Y??? Dónde andás, boludo? No me digas que ya la re quedaste”
Lo desbloquea y llama a la policía.
Desde arriba ya no proviene señal alguna.
—Servicio de emergencia policial ¿Buenas noches?— balbucea una voz del otro lado de la línea, entrecortada.
—¡Hola! ¡Necesitamos ayuda! ¡Un asesino está matando a mis amigos! ¡Hola!
—¿Hola?
—¡Hola!
—Señor, no lo escucho bien.
—¡Hola! ¡La puta madre! — baja el celular y mira en rededor —Voy a tener que subir, acá no van a poder escucharme.
Ariadna lo contempla estupefacta, incapaz de decir nada.
—Esperá acá ¿Sí? — le indica él, abandonando el local. Se lleva de nuevo el celular a la oreja en tanto descorre el camino hacia las escaleras que llevan al primer piso, de manera lenta y cuidadosa.
—¿Hola? — murmura al celular.
No hay respuesta.
Se detiene a los pies de la escalera, mirando hacia arriba, con un oído intentando discernir algún sonido que vaticine la proximidad del monstruo. Sin embargo, el silencio arrulla con inequívoca ponzoña en sus tímpanos.
—¿Hola?
Nada.
Coloca el pie derecho en el primer escalón. Empieza a subir, aún murmurando:
—¿Hola? ¿Me escucha?
Pero sigue completamente solo.
Entonces, oye un ruido sordo. Le acaban de cortar.
Rechina los dientes, deteniéndose a medio camino en su ascenso hacia las fauces del monstruo. Alza el celular frente a su rostro; la batería ya descendió al 4%. Vuelve a marcar y se lleva el aparato a la oreja mientras vigila las escaleras opuestas, listo para echar a correr.
—Servicio de emergencia policial ¿Buenas noches?
—¡Hola! ¿Hola, me escucha?
—Señor, no le oigo. Por favor, hable más alto.
—¡No puedo hablar más alto! — murmura Mario, apretando el celular a su rostro humedecido por el miedo.
—Señor, disculpe pero no lo entiendo.
Mario suspira apesadumbrado, sopesando sus opciones. Mira hacia arriba. Gira la cabeza sobre su hombro, echándole un vistazo a las penumbras donde permanecen ocultas Lucía, o Ariadna, y Elena. Si lo considera un instante más, va a terminar confundido. Pero lo único cierto es que si no hace algo, morirá como Eric.
Y quizás como Tomás y Uriel.
Tiene que arriesgarse si quiere sobrevivir.
—¿Hola? ¿Ahora me escucha? — insiste, subiendo las escaleras.
—Ahora sí, un poco mejor ¿En qué puedo ayudarlo, señor?
—¡Estoy atrapado! ¡Alguien quiere matarnos! ¡Ya mató a un amigo!
—De acuerdo, tranquilícese, señor. Digame dónde se encuentra.
—¡Estamos en la Galería Creta!
—Señor, no lo oigo.
Mario termina de subir las escaleras y se acerca hacia la persiana bajada. Afuera, la neblina ha formado un muro tan espeso que parece corpóreo.
2% de batería.
—¿Me escucha ahí?
—¿Hola?
—¡Estamos en Creta! ¡En la galería que está por cerrar en el centro!
—¿Señor, se encuentra ahí?
Mario se muerde los labios. Mira hacia arriba, hacia las escaleras que conducen al videoclub. Ya ha agotado todas las alternativas, menos esta.
Camina de vuelta al centro de la galería y emprende su malhadado ascenso, aferrándose de la baranda como quien se ciñe de una cornisa al borde del abismo.
1%.
—Estamos en Creta, por favor... Si me escucha, venga a salvarnos.
Sus ojos apenas se asoman en el horizonte bosquejado por el último escalón, cuando alcanza a ver la parte posterior del cuerpo de la bestia, quien ahora abandona el videoclub en busca de su próxima víctima.
—Antes de que sea muy tarde.
Mario se agacha, esquivando la visión del monstruo. En esa posición, descorre lentamente su trayecto y vuelve al subsuelo, donde se reúne con Ariadna.
—¡Está viniendo!
El monstruo baja las escaleras hacia la planta baja, donde se detiene contemplando una mancha oscura de sangre los azulejos. Emite un sonido extraño, asemejándose a una imitación de un llanto, antes de proceder a colocarse de bruces y refregar su obsceno hocico en el suelo. Frunce el rostro al tiempo que irgue la cabeza, siguiendo el hedor escaleras abajo, hacia el subsuelo. Jadea con extática desesperación, tras lo cual brinca en cuatro patas hacia el fondo del pasillo, de su torcida boca manando un lamentable horrísono.
Cesa su corrida en el umbral de la tienda de máscaras, donde se incorpora, su cabeza casi rozando el marco del portal. Escanea de un extremo al otro el local, hallando los restos de este como los había dejado algunas horas atrás: las góndolas derribadas, las máscaras amontonadas formando una montaña propia de quien cava una tumba.
Debajo de las máscaras, Mario y Ariadna contienen la respiración, tanto para permanecer camuflados como para ahuyentar el olor putrefacto del cadáver entre ellos.
El monstruo ingresa en el local, acercándose a la posición de ellos dos.
Ariadna cierra los ojos con violencia, oyendo el cristal quebrándose ante el imponente peso de la bestia.
Quien ahora extiende sus lívidas manos, los dedos abiertos cual garras.
Mario rechina los dientes, incapaz de evaporar de su mente las imágenes del sufrimiento venidero.
La criatura se agacha junto al montículo, donde los míticos representantes del mal cinematográfico lo contemplan con palpable asombro.
Y hasta con, incluso, cierto temor.
Una parte de Mario quiere al menos sujetar a Lucía, o a lo que fuera que quede de ella en esa chica. Pero sabe que el más mínimo movimiento pondría en peligro su anonimato. Por lo tanto, se resiste, en tanto sus oídos le alertan la proximidad de su acosador, ya tan lindante que su repulsivo hedor se inmiscuye con el del cuerpo allí con ellos.
Las tenazas se cierran pero no es una máscara lo que aferran, sino un brazo.
El de Elena, inconsciente junto a estas.
Sin más, se coloca a la muchacha en brazos y abandona el subsuelo.
Tras unos minutos de silencio para cerciorarse de su momentánea seguridad, Mario y Ariadna abandonan su escondite.
—¿Dónde se la llevó? — pregunta Mario —¡El hijo de puta está jugando con nosotros! ¡Dios!
—Creo que es algo más que eso ¿Pudiste comunicarte con la policía?
Entonces él saca el celular, la oscuridad de la pantalla le devuelve un reflejo tan desencajado de horror que tarda en reconocerse.
—Sí — murmura, vacilante —. Pero no sé si me escucharon bien.
—¿Cómo que no sabés?
—No había buena señal.
Ella observa de reojo el celular como quien se encuentra frente a algo peligroso.
—¿Eso es un... teléfono, no?
Mario asiente, incrédulo ante la situación ¿De verdad no recuerda nada y piensa que es Ariadna?
—¿Y no podés volver a llamar?
—No tengo más batería.
Ella suelta una risa desprovista de gracia antes de echarse a llorar.
—¡No entiendo qué está pasando! ¿Cómo puede ser todo esto real? ¡Debo estar soñando! Vine a devolver una película y de la nada todo está hecho mierda ¡Alguien nos quiere matar y parezco haber viajado en el tiempo! ¿En qué año se supone que me desperté?
—2024.
Ariadna se lleva una mano al rostro, escéptica pero no obstante llorando.
Mario es una vez más invadido por el deseo de tocarla, pero se abstiene, aunque desconoce si porque no quiere asumir sus sentimientos hacia su ex pareja o porque quizás sería inapropiado el contacto físico con alguien que, en teoría, acaba de conocer. Se limita a mirarla mientras ella permanece con los ojos cerrados, sollozando. Repara en que en algún momento se envolvió con una remera el hombro herido, deteniendo el sangrado.
—Mirá, lo único que yo sé es que estaba acá con mis compañeros de la facultad grabando nuestro último corto. Y de la nada apareció esta... cosa, y me noqueó. Cuando desperté, estaba atado como me encontraste.
Ella parece estudiar lo que acaba de escuchar.
—Eso no explica cómo sabés tanto de mí.
¿Debería simplemente ser sincero y revelarle la verdad tal cual él la concebía? ¿Explicarle que Ariadna era un mero personaje de una ficción que él se había inventado? ¿Quizás la manifestación de todos sus sueños y miedos?
—Me recordás a alguien. A uno de mis compañeros.
—¿Él era uno de tus compañeros? — pregunta, mirando el cadáver entre las máscaras.
—Sí, Eric — por primera vez, se detiene a contemplar el cuerpo de quien hace tan solo días estaba yendo y viniendo en los pasillos de la facultad, molestando a todos como acostumbraba. De pronto, esa actitud cesó de antojarse una inconveniencia y comenzó a rememorarlo con trágica añoranza.
—Pobre... — murmura ella, como si lo conociera. Se muerde las uñas, pensativa, actitud que Lucía nunca tuvo.
—¿Siempre te mordiste las uñas?
—Siempre que no esté tejiendo — responde, cambiando rápido de tema: — Tenemos que hacer algo. Ya que claramente vos sabés más que yo de lo que sea que está pasando ¿Qué podemos hacer para escapar?
—Esperar.
—¿Esperar?
Mario asiente.
—Esperemos que la policía venga a rescatarnos. Si no, la galería debería abrir sus puertas por última vez a las siete de la mañana.
Ella echa un vistazo a su reloj.
—¡Pero faltan cuatro horas!
Mario asiente de nuevo.
—Esas son nuestras únicas opciones.
Ella mueve la cabeza a modo de negación, las lágrimas menguando en su rostro, abriendo paso a la determinación.
—No te creo. Tiene que haber otra manera — afirma, aferrando el cuchillo como si su vida dependiera de ello, al tiempo que se aleja y pone un pie fuera de la tienda.
—¡Esperá!
Ariadna voltea, aguardando a que él hable. Mario se refriega el puente de la nariz, rememorando la pesadilla que lo visitó antes de encontrarse maniatado.
—Tuve un sueño... fue raro, porque parecía también un recuerdo, de algo que todavía no sé si pasó — levanta la cabeza, encontrándose con los ojos de ella —. Puede que haya otra alternativa.
Habiendo dicho eso, si bien carecía de demasiada convicción, decide acompañarla escaleras arriba, donde al llegar a la segunda planta se topan con el monitor. Está prendido y emitiendo imágenes.
—¿Qué es eso? — pregunta ella, deteniéndose en las escaleras, a cierta distancia en tanto contempla la pantalla con sospecha —¿Otro teléfono?
—No, no... — murmura Mario, aproximándose al aparato y levantándolo. Muestra a Tomás, encerrado en un sórdido y desconocido cuarto. No pertenece a ninguno de los locales abandonados a su alrededor. Se trata de un lugar oscuro, sus esquinas cercadas por sombras con dientes, donde el camarógrafo camina hacia la cámara y más allá de esta.
—¿Quién es él? — pregunta Ariadna, mirando sobre el hombro de Mario. Pero él no atina a responder, en cambio contemplando las imágenes absorto, como quien mira una película de suspenso. Ahora, lo único que se distingue de Tomás son sus piernas, en tanto explora algo fuera de campo, detrás de la cámara que se encuentra en el suelo, observándolo todo con su ojo fragmentado.
De las sombras, una forma emerge. El monstruo. De pie lejos de la cámara, mirando a Tomás, quien está de espaldas a él.
—¡Tomás! — grita Mario. Ariadna le arroja un pavoroso vistazo, pero no lo detiene —¡Tomás, atrás tuyo! ¡Tomás!
La criatura se acerca al camarógrafo que ignora las advertencias de su cámara.
—¡Vení! — le dice Mario a Ariadna, ciñéndola de un brazo. La jala hacia el videoclub, con el monitor en la otra mano. Todas las estanterías fueron volcadas al suelo, las películas apiladas en distintas formas, algunas cajas abiertas y escupiendo sus entrañas de videotape. Las luces titilan, amenazando con apagarse para siempre.
Y ahí, en la pared de la izquierda, está lo que Mario había soñado.
—Está ahí — anuncia con un tono ominoso.
En la pared donde alguna vez se extendía un estante repleto de VHS, ahora hay una leve abertura, cual boca sin labios ni dientes.
Mario alza el monitor: la imagen no le revela nada. Ni el monstruo, ni Tomás. Tan solo una oscuridad que se mece como la neblina en las calles donde reina una noche sin estrellas.
—¿Querés entrar ahí? — pregunta ella, la duda visible en su rostro.
—Quizás hay una salida.
—¿De verdad crees eso?
—Creer es la único que me queda.
Se aproximan a la pared, vadeando la masa uniforme de VHS en el suelo. Del otro lado del agujero no se ve nada, y sus nerviosas respiraciones hacen eco allí adentro. Mario comprueba que hay espacio suficiente para que avance uno a la vez.
—Yo voy primero — anuncia, alzando un pie y cruzando del otro lado.
Ariadna toma aire, ciñe el mango del cuchillo con ambas manos, y también atraviesa el ominoso umbral.
Detrás de ellos, la luz del videoclub se apaga.
Se encuentran ahora en un pasillo sinuoso, tan angosto que se ven obligados caminar de costado, apoyando las espaldas contra la porosa textura de la pared.
—¿Qué es eso? —pregunta Ariadna, alzando una mano con repugnancia.
—Son VHS — dice él, tocando uno también. Yacían encajados en la pared como pequeñas lápidas. Y estaban húmedos, casi supurantes.
Como si más que lápidas fueran órganos de un organismo desconocido.
Avanzan por lo que se asemeja a una eternidad, hasta que el pasillo se abre en una especie de cuarto, de cuya techumbre cuelgan, a gran altura, un sinfín de videotapes con siniestros mementos atados a sus puntas. Entre ellos, sus celulares.
En una esquina hay un colchón colmado de aureolas ambarinas y malolientes.
—Esta es su casa — murmura Ariadna.
Más allá de donde miran, las penumbras se abren para revelar la cámara, y a Tomás, inerte en el quejumbroso suelo. Mario se acerca corriendo: está muerto, en el mismo estado que Eric. Su cuello violáceo, su rostro contorsionado en un rictus de inimaginable agonía.
Mario quiere llorar, pero no puede.
—Perdón — susurra, acariciando a su amigo —. Perdoname.
Ni siquiera es capaz de pronunciar su nombre.
—Lo siento — murmura Ariadna, apoyando una mano en su hombro. Él apoya la palma de su mano en la de ella. Era la primera vez que sentía su calor en mucho tiempo.
—Mirá — indica luego ella y él levanta la cabeza. Más allá del cadáver de su amigo, hay una pared donde se extiende una membrana oscura. Ella se acerca lentamente, casi en un trance, y pasa la yema de los dedos a través de esta.
—Es... ¿Videotape? — dice, y de inmediato lo acuchilla. Del corte que realiza comienza a chorrear un líquido pegajoso que podría ser tanto resina como sangre. Ella arruga el rostro en una mueca de asco, pero no se detiene: continúa acuchillándolo, rajándolo lo suficiente para ver qué hay del otro lado. El líquido se vierte en sendas riadas hacia el fétido suelo.
—No se ve nada — exclama, escrutando las sombras agazapadas del otro lado.
Mario se acerca.
—Como dije antes, no nos queda otra. Es eso o esperar a la poli o a que sean las siete y abran la galería.
—O...
—O a que terminemos como, como... — pero no puede terminar. Suspira, llevándose una mano al puente de la nariz, entre los dos ojos. Tras calmarse, mira de nuevo a Ariadna —¿Qué decís que hagamos?
Ella responde continuando rajando el videotape, ahora sin detenerse hasta generar un espacio grande para que puedan pasar.
—Esperá — le dice él antes de cruzar al otro lado. Da media vuelta y toma la cámara, colgándosela del cuello con la correa —. Ahora sí. Vamos.
Escrito por Gonzalo “Pez” Rodriguez
Todos los derechos reservados
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