Rebobina Antes de Morir - Segundo Acto
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23:10hs
Un VHS cae en la sección de películas de terror. Lucía la levanta y la devuelve a su lugar, extrañada porque no es una película de miedo; de hecho, es más bien triste. Se trata de Batman Vuelve. Recuerda verla con Mario, cuando aún estaban de novios. Recuerda con absoluta precisión cómo el rebobinaba la película una y otra vez, “regresando al origen de la emoción”, decía.
De hecho, recordar es lo único que ocupa su mente hace algunos minutos, mientras Mario y el resto del equipo prepara la escena en la oficina. Tiene el guion en la mano y repasó sus acciones y diálogos de lo que se viene, pero ya no lo necesita. Siente que de alguna manera es más importante el hecho de contemplar esas estanterías, una última vez hasta que sean reducidas a un mero recuerdo. Y luego, al recuerdo de un recuerdo, a apenas una copia, una imitación de algo que alguna vez albergó sentimientos.
Y al final, ni siquiera eso.
—¿Va a alquilar algo, jovencita? No me pagan porque tan solo vean.
Voltea para ver a Mario, acercándose.
—¿Te acordás cuando nos decían eso?
Ella asiente.
Se hace una pausa extraña. Como si hubiera mucho más por decir pero ninguno se atreviese.
—Voy afuera un rato. Elena y Tomás están terminando todo y en un toque grabamos.
Lucía vuelve a asentir y él abandona el videoclub. Repara en que Uriel la está mirando, desde el otro extremo del local.
—Hola — murmura con timidez.
Ella le sonríe y se dirige hacia la oficina, al tiempo que Tomás la abandona. Allí dentro, Elena se encuentra acuclillada junto al sillón donde Ariadna será aprisionada. Mira en rededor, encontrándose con unas velas aún por ser encendidas y un objeto de utilería que es mitad cuchillo, mitad control remoto.
—Hola — la saluda la directora de arte, sonriente.
—¿Qué hacés? ¿Necesitás ayuda?
—No, no. Dejá. Ya casi termino.
—Ah.
Se extiende un silencio en el cual pueden oír las voces de Tomás y Uriel afuera, repasando los últimos detalles del guion técnico.
—¿Cómo andan tus cosas? Hace mucho no hablamos — pregunta de pronto Elena, sorprendiéndola.
—Bien, bien. Feliz de que por fin estamos por graduarnos.
—¡Uf! Sí, boluda. Ni me lo digas ¿No parece un sueño? ¿Me tenés un toque acá? — se interrumpe, marcándole una cinta en el extremo del sillón. Lucía se acerca sin reparos, arrodillándose a su lado y teniendo la cinta mientras Elena conduce el videotape hacia el otro extremo del sillón.
—¿Y con Mario, qué onda? — dice súbitamente la directora de arte. Y su amiga, también. O al menos, alguna vez supieron serlo ¿Ahora? Quién sabe en qué se había transformado su relación ¿Es posible mantener un vínculo cuando desaparece la comunicación?
—¿La verdad? No lo sé — confesa Lucía, cabizbaja.
Elena deja lo que está haciendo y se acerca a ella.
—Mirá ¿Te puedo decir algo? Y no digas nada, eh. Pero creo que sigue sintiendo cosas por vos.
—¿Sí?
—Sí, o sea... — vuelve a su tarea —. Después de todo, estás acá ¿No?
Mario se sienta en la escalera que conduce al primer piso y se enciende un cigarrillo. Fuma un poco hasta que el eco de unas pisadas anuncia la llegada de un compañero.
—¿Me das una pitada?
Era la voz que menos esperaba escuchar.
—Pensé que ibas a dejar.
Pero la que más deseaba reencontrar.
—Estoy en eso — argumenta Lucía, sentándose un escalón por encima suyo — por eso te pedí solo una pitada.
—Ah, claro — reconoce él, desprovisto de burla. Le extiende el cigarrillo. Ella le otorga una profunda y catártica calada.
Comparten el silencio.
—Perdón por lo de antes — dice de pronto Lucía. Mario, aún con la mirada perdida entre los locales deshabitados, frunce el ceño —. Pasa que antes de venir peleé con mi vieja. No quería que formara parte de esto. Nunca te perdonó por lo que pasó...
Una parte de él quería saber si ella sí lo había perdonado ¿Pero era mera curiosidad o algo más?
—Y bueno, estuvimos peleando hasta que salí de casa y después siguió incluso por celular.
Mario asiente.
Más silencio.
—No te estaba boludeando, ¿lo sabés, no?
Ella gira el rostro en dirección contraria, ocultando los sentimientos que sus ojos quieren filtrar.
—Ni tampoco creo que seas una boluda.
—Ya sé, perdón. En serio.
—Sé que yo fui un boludo. Perdón, un pelotudo. Pero para mí era importante que igual hagamos esto juntos, como siempre hablamos. No podía hacerlo sin vos.
Ella lo mira ahora, reteniendo las emociones en su rostro, evitando que la desborden y arruinen el maquillaje.
—Gracias por haberme llamado.
Mario estrecha una mano y ella le extiende el cigarrillo, pero lo suelta antes de tiempo y este desciende rebotando, escalón a escalón.
—¡Uy, qué boluda! Dejá, yo lo agarro — repone, incorporándose rápido y recuperando lo perdido. Cuando vuelve a sentarse, se sienta al lado de Mario, en el mismo escalón. Ahora sí le devuelve el cigarrillo. Él le da una profunda pitada en tanto contempla el pasillo que conduce hacia la calle.
—¿Te acordás cuando veníamos acá de chiquitos?
—Obvio. Nunca lo olvidé — revela ella, con un semblante agridulce ensombreciendo su rostro —. Y ahora que estamos haciendo esto, más aún lo recuerdo. Como si todo hubiera sido ayer.
—Sí, me pasa lo mismo — suspira Mario, por un momento la imagen del pasillo disolviéndose en aquella a la que hacían alusión, cuando alguna vez la galería rebosaba de vida, con clientes encontrándose con los dueños de cada local e intercambiando anécdotas. En cierto punto, compartían la calidez propia de una amistad, o de una familia. Ahora no quedaba nada de eso, tan solo fantasmas.
Y pronto, hasta eso les sería arrebatado.
—Es una cagada que vayan a destruirlo todo ¡Y todo por otro McDonald’s del orto! Como si ya no hubiera uno en cada esquina — suspira —. Se siente como si fuera a perder una parte de mí, para siempre.
Lucía apoya una mano en la de él.
—Por eso estamos haciendo esto.
Mario la mira. Intercambian la primera sonrisa sincera del día.
Tan solo si supieran que también será la última.
—Estamos listos — anuncia Elena, arrimándose desde arriba de las escaleras.
Mario y Lucía se reúnen con el resto del equipo en el videoclub. Todo parece estar listo: la oficina luce el aspecto sórdido pretendido por el director y tanto el camarógrafo como el sonidista se encuentran en sus posiciones. Solo falta...
—¿Dónde está Eric? — pregunta Mario, alzando los brazos. Sus compañeros miran en rededor, como si el monstruo de Frankenstein fuera a estar acuclillado y oculto detrás de alguna estantería.
—¿Eric? — llaman todos al unísono.
Elena es la primera que sale al pasillo.
—¡Eric! — grita, su voz haciendo eco en la galería deshabitada. Mira hacia las escaleras, sabiendo que su amante tenía que emerger de ahí.
—Vos fuiste la última en verlo ¿No? — le pregunta Mario, habiendo también salido del local —¿Dónde está?
Ella mueve la cabeza, desconcertada.
—Y tiene que estar por acá ¿No? En alguno de estos tres pisos. Tampoco hay mucho lugar donde meterse ¡Eric!
Y como si de una película de George Romero se tratase, el monstruo en cuestión asoma la cabeza en el horizonte, ascendiendo lentamente las escaleras, su figura agigantándose sin precedentes a medida que se acerca.
—¿Dónde estabas? ¡Vamos que se nos hace tarde!
Mario reingresa al videoclub, con Elena y el monstruo detrás de él.
Lucía ya se encuentra en su posición, próxima a la puerta prohibida. Del otro lado, la oficina aguarda con paciencia su llegada. Tomás prepara la cámara, Uriel el boom. El monstruo de Frankenstein se detiene junto a la actriz, contemplándola con sus ojos negros, enterrados en los pozos de la grotesca máscara.
—Bien, retomamos donde dejamos. Ella abre la puerta y vos la agarrás y la encerrás de un portazo.
El monstruo alza sus manos, acercándolas al cuello inerme de Lucía.
Tomás empieza a enfocar la imagen, listo para iniciar la grabación de una nueva toma.
—Recordá que tu grito tiene que meter miedo, Eric — continúa Mario.
Las manos del monstruo rozan la nuca de Lucía.
—¡Dios, Eric! — chilla ella, dando un paso al costado —¡Tenés las manos heladas! ¿Dónde estuviste?
—¡Mario! — llama Tomás.
—¿Qué pasa?
Tomás mira a través de la cámara. Las manos del monstruo no están maquilladas. En cambio, lucen sucias, muy sucias.
—Se le salió el maquillaje.
—¡La puta madre! — masculla Mario. Se dirige a Elena —¡Maquillalo rápido así filmamos esto de una buena vez! ¡Tenemos pocas horas!
Ella asiente. Toma al monstruo de la mano. Tomás ve el suceso desde la cámara. Frunce el ceño. Los sigue con la cámara hasta que los dos abandonan el videoclub ¿Por qué le toma la mano de esa manera, como si lo acariciara? Pensaba que ese era un gesto que ella reservaba solo para él.
Afuera, Elena saca el maquillaje de la mochila y se dirige a un rincón con el monstruo. Le inspecciona la mano: sucia, las uñas desarregladas, las venas surcando en ominosas riadas la piel curtida.
—Eric ¿Qué te hiciste? ¿Sos boludo? — suspira, enseguida aplicando el maquillaje en la primera mano, tornándola verde. Entretanto, el monstruo agita sus diminutos ojos en la máscara, escudriñándole el rostro con indescriptible fascinación. Alza su mano libre y acaricia la mejilla de Elena. Ella sonríe, ruborizándose.
—¿Qué pasa? ¿Se te fue el miedo? — susurra.
Él continúa tocándola, con creciente deseo.
—Ahora no, Eric. Después ¿Okay? — le baja la mano —Después.
Él balbucea algo, un jadeo carente de letras.
—Sonso — dice ella, de pronto arrugando la nariz —¿Ese olor sos vos, Eric?
El monstruo la contempla, inmutado.
—La verdad, me sorprendes ¡No tenía ni idea que eras un actor metódico!
Algo definitivamente huele raro para Tomás, quien se encuentra exánime junto al escritorio del videoclub, confiriendo la imagen propia de quien atraviesa una curda.
Mario se acerca a él.
—¿Estás bien?
Por un momento, la respuesta se encuentra ausente. Huidiza, incluso. La cámara pende laxa de las manos de Tomás, como si se hubiera olvidado de su existencia.
—Che — insiste Mario. No necesita más contratiempos. Ya es casi medianoche. Quedan apenas seis, siete horas para terminar el rodaje.
Si es que llegan a terminarlo.
De pronto, Tomás lo observa, abriendo los ojos de hito en hito, como quien vuelve de un sueño.
—¿Eh? ¡Sí! Sí, estoy piola. Tranqui.
—Ah — exclama Mario, teniendo que ahogar con cierta agilidad la pregunta que casi se le escapa “¿Seguro?”. En cambio, añade un cortante:
—Bien.
Y se retira. Intercambia una mirada con Uriel, quien le devuelve una sonrisa en silencio. Para ser alguien que se dedica al sonido, no habla mucho. Lucía yace en un costado, en la última hilera de películas. Tiene los ojos cerrados y se mueve de un lado al otro, su ritual usual para afrontar escenas difíciles.
Elena regresa con el monstruo a sus espaldas, arrastrando los pies por donde los de ella acaban de pasar.
—¿Estamos? — le pregunta Mario a su directora de arte y asistente de dirección. Ella asiente y se hace con la claqueta. El monstruo la sigue, como un perro esperando ser alimentado.
Tomás los contempla en silencio, sus pulsaciones creciendo de manera exponencial.
—Eric ¿Qué hacés? — dice Mario, acercándose y aferrando al monstruo de un brazo. Lo lleva a su puesto, en la entrada del local. Una vez que lo suelta, la criatura observa el lugar donde hace unos instantes estuvo la mano de Mario, ahora siguiéndolo con la mirada en tanto el director se ahonda en las profundidades del local.
—Bien, filmemos esto rápido — dice, de pie detrás de Tomás, quien observa a su novia con sospecha en su ceño. Ella ignora este hecho, en cambio concentrada en posicionar la claqueta entre la cámara y Lucía, lista para cumplir su otro rol del día —Eric, recordá el grito ¿Sí? Que sea monstruoso en serio. Grita sin miedo, total acá nadie nos va a escuchar. Vos también — añade, dirigiéndose a su ex —. Grita sin miedo ¿Sí?
Lucía asiente. Toma aire, lista para la representación.
—Sonido, ¿estamos listos?
El sonido está listo.
—¿Cámara?
Cámara está lista.
—Cuando vos digas, Ele — indica Mario.
—Okay — abre la claqueta —Rituales de Videotape, Escena 4, Plano 1, Toma 2 — la cierra —¡Acción!
Ariadna rodea el escritorio, aproximándose a la puerta prohibida. Prosigue lo que ya es tradición a esta altura de la noche: la pregunta que muere en el aire; el VHS atenazado en la mano como un crucifijo.; Psicosis II en el televisor, murmurando sus advertencias desde otra dimensión. Y el monstruo que aferra a Ariadna, con un alarido cavernoso que se materializa en escalofríos, atenazando a todos los miembros del rodaje.
—¡Auxilio! ¡Por favor! — chilla Ariadna.
La criatura la arrastra más allá del umbral prohibido, cerrando la puerta con un horrísono estruendo.
—¡Corte! — indica Mario —. ¡Guau! Tremendo ¡Buenísimo, Eric! ¡Esa es la clase de grito que me imaginaba! — aplaude y se vuelve a Tomás —¿Cómo lo viste?
Tomás asiente, ausente.
Mario arquea las cejas.
—¿Piola?
Tomás esboza una media sonrisa, carente de júbilo.
—Piola — repite, de algún modo la expresión sintiéndose ahora foránea en sus labios.
—Bien — suspira Mario, mirando al resto de su equipo —. Ahora filmemos mi parte — gritando hacia la puerta cerrada — ¡Ustedes quédense ahí! Y no abran la puerta, por favor. Filmamos lo mío rápido y seguimos ¡Estén preparados que nos queda poco tiempo!
Del otro lado de la puerta, Lucía se aparta del monstruo, acariciándose las costillas.
—Boludo ¿Por qué me apretaste tan fuerte? Me hiciste mal.
El monstruo no responde, inmóvil mientras las trémulas llamas de las velas bosquejan sombras sobre sus torvas facciones.
Lucía no le da importancia, distrayéndose con el control remoto transformado en cuchillo. Lo toma y contempla con palpable asombro, recorriéndolo con la yema de los dedos.
—Elena sí que se lució — murmura, fascinada.
Elena entretanto escolta, junto a su novio, a Mario hacia la entrada del videoclub.
—Bien ¿Te acordás cómo es, no? — le pregunta Mario a su camarógrafo.
Tomás asiente, sus ojos oscilando con indecisión entre el director y su pareja.
—Simplemente filma todo con el angular, de frente, cuando entro. Y una vez que me acerco al escritorio, andá girando hasta encuadrarme contra la puerta y ahí seguime hasta que la abro.
Tomás vuelve a afirmar con la cabeza.
—Mario siempre supo que esta iba a ser su tesis — le contaba Lucía al monstruo, recorriendo la oficina y apreciando cómo lo que su ex tanto había soñado era ahora una realidad —. Y yo siempre supe que quería formar parte de ella. Si te soy sincera, nunca fui muy fanática de las pelis de terror.
A sus espaldas, el monstruo arrastra los pies hasta el cuchillo.
—Siempre me pareció medio una pavada todo eso de la “final girl”, los desnudos, el consumo de drogas o alcohol... — voltea, encontrándose al monstruo ciñendo en alto la utilería —. Pero ahora siento que hay algo muy primitivo en todo eso ¿No te parece?
Mario grita “acción” y, tras unos breves instantes, camina y dobla hacia el local, donde atraviesa la hilera del centro en dirección a Tomás, quien se hace a un lado a medida que él se aproxima. Sobre sus cabezas pende el micrófono boom, cual el raquítico dedo de un gigantesco dios. Mario se detiene en el escritorio.
—¿Hola?
No hay respuesta.
Elena se coloca cerca de Tomás, cuya cámara se agita al aumentar sus pulsaciones. La imagen que el lente devuelve es un desastre, asemejándose más a un plano de una película vanguardista o “guerrilla” antes que a un slasher. No obstante, el camarógrafo hace caso omiso de esto, demasiado ocupado observando de refilón a su novia.
—¿Hola? — insiste Mario, leyendo el cartel que advierte PROHIBIDO EL INGRESO. En el televisor a su lado, Psicosis II está cerca de terminar. Norman Bates aguarda con paciencia en su cocina, por primera vez en un tramo largo de película sabiendo más que el espectador.
Alguien está llegando.
El monstruo jadea dentro de su máscara, la respiración extasiada y atrapada contra el cuero. Se aproxima a Lucía enarbolando el fatídico control remoto evolucionado en un arma mortal.
—¿Qué hacés? ¿Querés ensayar lo nuestro? — le pregunta Lucía, escéptica.
—¿Hola? — pregunta de nuevo Mario —¡Vine a alquilar Terror en el Shopping Center! ¿Te acordás que me dijiste que hoy la devolvían?
Elena repara en que su novio le está clavando los ojos, de manera tal que puede sentir escozor en todo su cuerpo. Frunce el entrecejo, desconcertada. Tomás mueve la boca en silencio.
—¡Hola! — insiste Mario, caminando en torno al escritorio y hacia la puerta.
—No es así la escena — recuerda Lucía al monstruo, quien ya alza el cuchillo sobre su cabeza —. Yo tengo que estar atada al sillón ¿No leíste el guion, boludo? ¡No podés vivir improvisando!
El monstruo aumenta sus jadeos, anticipando la catarsis de la sangre.
—¿Eric? — pregunta Lucía, retrocediendo.
—¿Hay alguien ahí? — dice Mario, ya próximo a la puerta, con el boom colgando sobre su cabeza mientras el sonidista observa sobre su hombro a Tomás, aun quieto en la anterior posición, junto a su novia.
—¿Te pensás que soy salame? — masculla en voz baja, el lente de la cámara inclinándose hacia abajo.
Una sombra se extiende en el televisor, anunciando el regreso de quien se creía muerto.
—¿Qué te pasa? — susurra Elena, alejándose.
Mario envuelve con una mano el picaporte de la puerta.
—¡Ya sé que no te juntas con tus amigas los martes a la noche! — espeta Tomás y la cámara salta de sus convulsas manos, rebotando en la sucia alfombra del videoclub —¡No soy un salame!
Uriel suspira extenuado y baja el boom, mientras Mario abandona la puerta y se acerca a la combativa pareja, separándolos con ambas manos.
—¡Che! ¡Che! ¿Qué pasa?
—¡No sé! Estábamos grabando lo más bien y este saltó con cualquiera — argumenta ella. Tomás le lanza una mirada furibunda.
—¡No te hagas la boluda! — musita, señalándola con un dedo, el cual ahora direcciona hacia la cámara —¡Tengo pruebas! ¡Mario, los grabé mientras se tomaban de la mano! ¡Yo los vi!
Entonces, los cuatro miembros del rodaje allí presentes giran la cabeza al unísono hacia la cámara en el suelo.
El lente está rajado.
Resulta difícil describir con precisión las emociones que embargan el rostro de Mario. Primero ira, luego tristeza, ahora algo incluso más profundo, algo que tal vez no se asocia a ninguna emoción descubierta por la ciencia. Sin embargo, todo eso es ahogado con el sonido de un grito, que los sobresalta a todos.
—¿Lu? — pregunta Mario, consternado. Se acerca a la puerta —¡Lucía!
La abre con tal vehemencia que las luces de las velas tiritan y se desvanece. La penumbra se abate sobre el set como una mortaja. Ve a su ex pareja tumbada en el suelo. Hay sangre. El monstruo yace a su lado, profiriendo un estridente sonido que parece tanto una risa como el llanto de un niño. Solo Mario ingresa en la oficina, corriendo y arrodillándose junto a Lucía. Los otros, Elena, Tomás y Uriel aguardan en el umbral, contemplando la situación atónitos, como si se tratase de una película.
—¿Lu? ¿Lu? — repite Mario, levantando el rostro de la mujer que aún amaba. Tiene los ojos cerrados. Se incorpora de un respingo, lanzándose contra el monstruo —¿Qué le hiciste, Eric? ¡Qué mierda le hiciste! — brama, empujando al monstruo de Frankenstein sin saber que del otro lado se oculta una auténtica criatura de pesadilla, vomitada de las fauces de un abismo ignoto de la ciudad. Monstruo que ahora suelta el cuchillo ensangrentado y recula.
Mario lo empuja una vez más, quitándole la máscara.
Aquel rostro infame es lo último que alcanza a vislumbrar antes de que las tinieblas sepulten su visión.
Escrito por Gonzalo “Pez” Rodriguez
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