Rebobina Antes de Morir - Primer Acto
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Tan pronto sumerge el primer pie en la galería siente que deja algo atrás. Una docena de pasos más adelante, los colores a su alrededor se transforman, diluyéndose en la humedad de las resquebrajadas paredes. Camina otro tanto y los sonidos de la calle se desvanecen, ahogados como si en lugar de un pasillo recorriera una colosal garganta cuyas fauces acabaran de cerrarse. Más adelante aun y la oscuridad comienza a ganarle a la luz.
Llega al final, donde su destino se bifurca en escaleras con direcciones espejadas. Dobla a la derecha, subiendo al tiempo que se ciñe de la baranda, al instante retirando la mano del barrote metálico, como si quemase. Frunce el entrecejo en una inequívoca señal de asco. Mira las arrugas en la palma de la mano: húmeda y pegajosa. La frota en el pantalón, en un vano intento por limpiarse.
Termina el descenso y es engullida por las penumbras. La única luz, por más comatosa que sea, proviene de atrás de todo. En una esquina donde se irgue, maltrecho, el último local vivo en esa necrópolis urbana. Se encuentra franqueado por un sinfín de lápidas que son las fachadas abandonadas y profanadas de locales largamente asesinados.
De un momento al otro, como si su cerebro pasara de la PAUSA al PLAY, es consciente de que la rodea una execrable mudez. Sacude la cabeza, ahuyentando los escalofríos de su piel. Está perdiendo tiempo, masculla para sí misma. Suspira y enseguida retoma la marcha, ciñendo con decisión el objeto en sus manos.
Un VHS.
Prosigue autómata hacia su destino, los ojos orientados hacia la menguante luz como en un trance, haciendo caso omiso al concentrado hedor a orina que reina allí abajo. Una vez en el final del pasillo, dobla hacia la derecha donde, debajo de un macilento letrero que reza SOMNUS MACABRO, casi choca con una gigantesca figura: Frankenstein. O mejor dicho, su “desgraciado demonio”, como Mary Shelley lo tradujo en tinta, luego inmortalizado en imágenes y sonido por Boris Karloff.
“No olviden rebobinar si no quieren terminar como yo”, pronunciaba la criatura sin abandonar su pétrea naturaleza. Ella no le dedica ni una mirada, ya familiarizada con sus órdenes. Lo deja atrás, cruzando el umbral y siendo envuelta por la luz cerúlea del videoclub, el cual consiste en seis hileras colmadas de películas, todas conduciendo hacia una recepción carente de empleados.
De pie frente al escritorio, ignora el televisor de tubo donde se reproduce Psicosis II, su sonido apenas reducido a un fantasmal murmullo. En cambio, se reclina sobre el mueble, echando un vistazo a la puerta entreabierta de atrás, de donde colgaba un desvaído cartel que rezaba PROHIBIDO EL INGRESO.
—¿Hola?
La única respuesta emerge de la película.
“Debe haber algo, aunque sea un simple cuchillo”.
Alza una muñeca, donde yace un reloj de agujas. Mira la hora.
—¿Hola? — esta vez, su voz suena menos convencida, trémula incluso.
Aún, nada.
Se lleva un dedo a la boca y mordisquea la uña.
Contrario a lo que dicta el sentido común, decide oportuno rodear el escritorio y aproximarse a la ominosa puerta. Todavía ciñe el VHS en una mano, sus uñas hincándose en el rostro de un hombre desfigurado y enmascarado. Debajo se alcanza a leer, entre sus dedos crispados, el título: TERROR EN EL...
¿Podría la palabra final ser “videoclub”?
Habla una vez más.
—¿Hay alguien? ¿Hola? — su voz enervada de tal manera que el volumen igualaba a aquel del televisor, ahora a sus espaldas.
Alza la mano libre y, tiritando, empuja la sórdida puerta.
Las sombras del otro lado son vomitadas hacia ella, cual intestinos de un cuerpo en descomposición. Arruga el semblante, vaticinando el horror que se avecina, incapaz de discernir que el peligro yace en sus espaldas: ¡La criatura ha cobrado vida! Esta se lanza contra ella, envolviéndola a la altura del estómago con sus robustos brazos. Ella grita y patalea, en un vano intento por deshacerse de su atacante, entretanto el monstruo gime de forma extraña. Pero no extraña porque es siniestra, sino extraña porque resulta graciosa.
Entonces, algo en el bolsillo de la muchacha vibra.
—¡Corte! ¡Corte! — grita Mario, decepcionado. Uriel baja el boom, descansando los brazos, en tanto Tomás deja de grabar y apaga la cámara para ahorrar batería. Elena deja la claqueta en una esquina. En ese ínterin, Mario se acerca a Lucía, ya libre de la criatura, quien se apartó y quitó la máscara, revelando su rostro pueril y sudado.
—Qué calor boludo, dejate de joder.
—Ya sé, perdón — se disculpa Lucía con Mario, dando un paso atrás —. Estaba hablando con mamá y colgué.
Mario se masajea el puente de la nariz con paciencia, ordenando sus palabras, desechando cualquiera que sugiera o explicite su ira.
—Lu — empieza, con tono conciliador —. Sabés que tenemos poco tiempo. A las siete ya viene el dueño y desarma todo.
—Ya sé, perdón. No va a pasar de nuevo — la voz de Lucía oscila entre la más sincera disculpa y un dejo de indignación.
—Está bien. Dejá el celu en el bolso de Elena — asiente Mario, ahora girando hacia su otro actor —Y vos, Eric ¿Qué fue eso? O sea, no solo improvisaste, sino que tu grito fue un espanto. Si vas a improvisar, al menos hacelo bien.
—Sí, boludo, disculpame. La próxima voy a gritar mejor.
Mario levanta el pulgar y se vuelve hacia su camarógrafo
—¿Cómo lo viste?
—Hasta que abre la puerta lo veo piola ¿Te muestro?
Mario hace un ademán.
—No, no. Dejá — dice, irguiendo la mano donde lleva el monitor —. Algo pude ver desde acá, si bien la señal estando abajo no era la ideal. Igual ya está, no perdamos tiempo. Si vos decís que está bien, te creo ¿Qué te parece si grabamos la subjetiva de la puerta?
Ambos miran hacia el umbral prohibido.
Tomás asiente.
—Dale, joya.
—Uriel, vos descansá para este plano —. El chico mueve la cabeza, extenuado. Suelta el boom, con cuidado, contra un estante colmado de VHS. Mario señala con un dedo a Elena, quien se encuentra en la entrada del local junto al monstruo desenmascarado —. Elena, vos maquillalo bien a él, quiero que la máscara se vea más tenebrosa para cuando ataque a Lucía. Como si sus facciones hubieran cobrado vida.
—Okay.
—Y tomá — añade, extendiéndole el monitor —. Dejá esto con tu mochila.
—¡Amor! — llama desde el fondo Tomás, ya en el cuarto prohibido — ¿No me retocás un poco la puerta?
—Dejá — contesta Mario, girando la cabeza de un lado al otro para hablarle a la pareja distanciada —. Prefiero que la puerta esté a oscuras en este plano y que ella se encargue de preparar bien a Eric.
—Joya, como vos digas.
Elena abandona el local junto a Eric. Ella se detiene un momento junto a su mochila, reposada contra una pared del pasillo. Deja el monitor al lado de esta y sumerge una mano, revolviendo entre los celulares de cada uno hasta hallar el maquillaje que requiere. Una vez con este en su poder, caminan hasta las escaleras, donde él merma el paso. Ella disiente, ciñéndolo del vestuario y jalándolo hacia abajo. Una vez en planta baja, se paran entre ambas escaleras, donde ella le quita la máscara con prisa.
Y lo besa.
—¿Qué hacés? — pregunta él, sacándosela de encima. Ella no responde, limitándose a mirarlo, con el rostro ladeado —Podrían vernos.
Elena se muerde el labio inferior.
—Nadie va a venir, están todos grabando, sonso.
—Igual, no me gusta que hagas eso.
—¿Qué le tenés miedo a Tomás?
—Miedo no, pero lo respeto.
Elena se tapa la boca con una mano, ahogando la risa.
—Sí, sí. Claro.
—En serio, no vuelvas a hacerlo — espeta Eric, colocándose la máscara con sus manos verdes. Ella suspira, aceptando con resignación su actuación. Retira un pincel de su bolso y lo lleva hacia las cejas del monstruo.
—Está bien, te voy a seguir la corriente —murmura, aplicándole sombra sobre los pozos en la máscara donde se vislumbran sus ojos —. Pero te advierto que no sos el único que sabe actuar, y toda bestia anhela su bella.
En el videoclub, Mario charla con Tomás, demasiado ocupado viendo el mundo desde el lente de una cámara como para percatarse de que, fuera de campo, su novia está siéndole infiel.
—Hagamoslo en tele — dice Mario, de pie del otro lado de la puerta prohibida, aquel lugar donde aún no estuvimos. Claro que, en el mundo real, no tiene nada de prohibido. Es simplemente una oficina, en penumbras y con tal hedor a tabaco impregnado en las paredes que bien podría ser un tapizado. Hay también un proyector apuntando a una pared abotargada de humedad, elemento colocado por Mario y su equipo para utilizar en una escena posterior.
Pero, por ahora, Tomás cambia el lente de la cámara.
—Yo me lo imagino así — continúa Mario, acercándose a la puerta entreabierta — ¡Lu! Parate junto al escritorio —. Lucia obedece —. Más a la derecha —. Ella va hacia la izquierda —. Hacia nuestra derecha. Bien.
Tomás prende la cámara y se distancia un largo paso de la puerta, buscando el encuadre. Enfoca la imagen. A través de la pantalla de la cámara vemos el marco de la puerta, oscuro y, casi del mismo tamaño, a Lucía del otro lado del escritorio.
—Claro, ahí — opina Mario —¿Qué decís?
—Está piola. Le da algo muy como de encierro.
—Claaaro. Como si la oscuridad se cerniera sobre ella. Esa es la idea. Ya ir adelantando desde las imágenes que se viene algo malo.
—Como si Michael Myers se llevara a Laurie cuando ella pasa a dejar la llave en su casa.
Mario chasca los dedos.
—¡Claro! Algo así sería.
Ya estando todo acordado con Tomás, Mario cruza del otro lado de la puerta y se reúne con su actriz.
—¿Dejaste el celu?
Lucía asiente.
—Bien. Recordá tu intención en esta escena. Olvidate del asesino, esa es información que vos tenés, no tu personaje.
Ella le dedica una mirada familiar la cual, por lo tanto, él decodifica al instante. “No soy boluda”. La ignora y continúa:
—Es importante que recuerdes la emoción de Ariadna en este momento. Esta película que te recomendó el chico del videoclub te provocó algo inexplicable. Lo más parecido posible a una suerte de Paraíso en tu corazón. Pero ni bien lo sentiste, dejaste de hacerlo. Y ahora venís casi como que a exigir que te recomienden otra película que te devuelva eso.
—No tenés que explicarmelo una y otra vez — constata Lucía, agitando el VHS en una mano —. A veces siento que estás proyectando la relación que teníamos en esto.
Mario toma aire, una vez más tragándose las palabras para no echar todo a perder. Alrededor suyo, Tomás y Uriel contemplan la situación extenuados, quizá hasta rezando puertas adentro para que no arrancara el griterío. Después de todo, les había prometido que sería un rodaje parsimonioso.
Como Mario no responde, demasiado concentrado en mantener la calma en su set, Lucía continúa:
—Siempre pensaste que era una boluda y que no entendía nada de cine ¿No? Según vos yo era una simple actriz con nada en la cabeza.
Mario se lleva una mano al puente de la nariz, manteniendo la calma. Mueve la cabeza a modo de negación.
—¿Mario? La batería se está agotando — revela Tomás, arrimando la cabeza a través de la puerta entornada. Mario le dedica una mirada y asiente. Vuelve la cabeza hacia su ex.
—¿Estás lista?
Ella asiente, taciturna y con los ojos entrecerrados.
—Bien — dice Mario, esbozando una de esas sonrisas falsificadas que ella tanto conocía. Toma la claqueta y la abandona casi eyectado, succionado hacia la oficina donde se encuentra Tomás —¿Cómo andamos de batería?
—Bien. Pero intuí que necesitabas ayuda.
Mario apoya una mano en el hombro de Tomás, en esta ocasión estrechando una sonrisa con un ápice de sinceridad.
—Gracias. Bueno — alza la claqueta —. Viendo que mi directora de arte y asistente de dirección se encuentra con las manos ocupadas... — abre la boca de la claqueta y entona, inflando el pecho: —Rituales de Videotape, Escena 4, Plano 2, Toma 1 — Cierra la claqueta con un sonoro chasquido —¡Acción!
Lucía, como Ariadna, se acerca al escritorio.
—¿Hola? — llama una primera vez, mirando su reloj.
—¿Hola? — repite, mordiéndose una uña.
—¿Hay alguien? ¿Hola? — dice ahora, rodeando el escritorio, con el VHS que vino a devolver vacilando en la mano. Más allá del espacio que acaba de abandonar, en la entrada del videoclub, vemos al monstruo observarla.
—¡Eric! — grita Tomás, apartándose de la cámara —¡Eric, boludo! ¿Qué hacés ahí?
Eric se lleva las manos a la cabeza.
—¡Uy, perdón! ¡Perdón! — se disculpa, su voz amortiguada por la pesada máscara.
Mario se lleva una mano al puente de la nariz, masajeándose y ahuyentando los dolores de cabeza. Toma aire y:
—¡Eric! Tomate un descaso ¿Está bien? Volvé en quince.
Eric alza un pulgar pintado de verde, escabulléndose por el pasillo. Se topa con Elena, quien dice:
—Te dije que no te asomaras, sonso.
—Pensé que a lo mejor ya me tocaba.
Elena repara en que Eric tiene su celular en una mano. Le otorga una mirada desaprobadora.
—Sí, claro. Tocarte es algo que vas a tener que hacer mucho si seguís desobedeciendo. Dale, andá. Tomate un descanso ¿Okay? Yo te llamo.
Eric asiente debajo de la máscara, cruzando más allá de su amante y descendiendo las escaleras. Ahora baja incluso las otras, adentrándose en el subsuelo. El más oscuro de todos los pisos. En lo profundo de la noche, como ahora, no llega ni un rayo de luz. Eric se retira la máscara, respirando como quien lleva un rato nadando debajo del agua. Su rostro está tan sudado que el pelo se apelmaza en torno a sus ojos.
Se detiene a los pies de la escalera y se palpa los pantalones. Saca un porro y un encendedor. Lleva el primero a su boca y lo enciende. Le da una profunda pitada y repara en que, allí abajo, ya no escucha a sus compañeros. Sin darle demasiado interés, retoma su marcha y echa un vistazo a las fachadas huérfanas, en muchas de las cuales aún yacen, torcidos o partidos, maniquíes en variadas posiciones. Sus pétreos rostros parecen esconder terribles secretos.
Ya sintiéndose seguro, saca el celular y lee los mensajes de un amigo:
“Y qué onda, papa? Te estas perdiendo la joda de halloween!!”
“Qué onda amigo? Termino de grabar y estoy por ahí. Lo bueno es que ya estoy disfrazado”.
Naturalmente, la señal allí abajo es tan pobre que el mensaje no se envía. No importa. Guarda el celular de nuevo en el bolsillo y sigue caminando. Al final del pasillo, donde la penumbra se torna tan pesada que parece cobrar cierta corporeidad, se topa con dos locales que le llaman la atención. En primer lugar, algo que no puede faltar en toda galería como dios manda: un sex shop. Como es el caso de la mayoría de los locales, quedan apenas los restos de lo que alguna vez fue seguramente un lugar muy concurrido. Algunos posters donde ambos sexos posan con vestimentas de diversas índoles; consoladores que yacen marchitos en estantes colmados de polvo, cual tesoros esperando ser desenterrados.
Pero lo que más le llama la atención no es el sex shop, sino el local que le sigue. El último local del último piso de la última galería del último barrio en ser profanado.
Se trata de una tienda de máscaras, llamada FAUSTO LETUM. Debajo de este ominoso letrero, la puerta de vidrio está rota. Sin siquiera pensárselo, levanta un pie para evadir los colmillos de cristal e ingresa. Casi lo primero que se cruza es una máscara similar a la suya. Se ríe.
—Al pedo Elena se rompió tanto el culo — comenta, agarrando la máscara. No es tan distinta a la que usan para el corto, para nada. Incluso se le hace más tétrica ¿O será por el contexto? Por algún motivo o el otro, la devuelve donde estaba, invadido por un inusitado escalofrío. El porro tiembla en sus labios. Tose y este cae al suelo, brincando más allá de la góndola donde se encuentra parado.
—La puta madre, qué pelotudo — masculla sin levantar la voz. De pronto siente que todas las máscaras le clavan la mirada, como si detrás de sus deshabitados pozos reposaran ojos del más allá. Se sacude en un fútil intento por ahuyentar los nervios, ahora caminando con paso firme hacia el porro. Cruza la góndola y se agacha, petrificándose incluso antes de levantar lo que fue a buscar.
Hay alguien en el fondo de ese pasillo.
—¿Hola? — su boca habla sin darle tiempo a sopesar otras alternativas.
Quien sea que yace ahí, inmerso en una sombra que se extiende como un velo mortuorio, detiene sus movimientos. Está agachado, eso puede vislumbrarlo. Se encuentra encorvado y de espaldas a él, posiblemente hurgando algo en el suelo.
—¿Hola?
Eric empieza a incorporarse, dejando atrás el porro cuyo mortecino resplandor es la única luz allí abajo. Traga saliva, en ningún momento quitándole los ojos de encima a aquel extraño, ni siquiera atreviéndose a pestañar. Su boca de actor, entretanto, continúa improvisando.
—Bueno, ya me voy a ir yendo yo. Este, perdón, ¿eh? Perdón, ya me voy, ya me voy.
Retrocede.
Un vidrio cruje a sus pies.
El extraño da un giro veloz, saltando hacia él con tal violencia que derriba la góndola, sus máscaras vertiéndose en el resquebrajado suelo como peces muertos. Antes de que Eric pueda correr o gritar, la figura se abate sobre su cuerpo, volcándolo con su peso en tanto lo atenaza a la altura del cuello.
Presionando.
—¡Ayuda...! — balbucea el actor,
carente de aire, su voz reducida a un insulso silbido. Lo último que sus ojos
registran es el rostro de ultratumba de su asesino, una imagen tan abyecta que,
en caso de querer quedarse dormido, lo visitarían las más temibles de las pesadillas.
Pero, para su fortuna, ese no es su destino.
Escrito por Gonzalo "Pez" Rodriguez
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