La Sombra que Actúa Conmigo

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      Sé que estás conmigo, incluso aunque no pueda verte.

      Me encuentro sola en un escenario. Se trata de un teatro de enormes dimensiones; la luces que me ciegan hacen que parezca infinito. Hay algunas personas en las butacas, contemplándome, juzgándome; pero lo único que diviso de ellas son sus borrosas siluetas.

Es un casting y me doy cuenta de que estoy perdiendo la posibilidad de conseguir el papel. Por más indicaciones que le dé, mi cuerpo está paralizado y se rehúsa a actuar.

Entonces noto su presencia.

A mis espaldas, se extiende una sombra abyecta, recorriendo el suelo hasta alzarse contra la resquebrajada pared al fondo del escenario.

Entiendo que no soy yo quien está en el casting.

Es ella, es esa sombra.

Que se mueve cuando yo me quedo quieta.

Que se divierte cuando me invaden las incertezas.

Y que ahora abre un ojo, una protuberancia obscena que emerge de la pared, observándome con ira tal que siento una apuñalada en la piel.

Despierto. El mismo sueño, otra vez.

Antes, ni siquiera ingresaba al escenario. Pero, gradualmente, la visión avanza. Como una película cuyo rodaje me es revelado cada vez que cierro los ojos.

Son las 3:03 de la mañana y voy al baño a lavarme la cara, intentando calmarme.

No prendo la luz.

 





Lunes

          Apenas habiendo logrado dormir, salí temprano de casa para dirigirme a un casting con el cual estaba muy entusiasmada. No obstante, las cosas no salieron muy bien. Me sentía rara, quizás condicionada por la noche intranquila que me había acuciado, que aún parecía pegada a mi piel como si fuera humedad.

          No contentándose con eso mi sombrío destino, tampoco podía deshacerme de la sensación de que actuaba desprovista de espectadores. Detestaba cuando pasaba eso: iba a cada casting hecha un nudo de miedos y esperanzas, y siempre salía terriblemente decepcionada conmigo misma, sintiéndome menos actriz que antes.

El director y quienes fueran aquellos tipos que lo rodeaban parecían mirar hacia cualquier rincón de la habitación menos a donde estaba yo; y, cuando me miraban, parecían ver a través de mí.

Abandoné el casting a los pocos minutos, conteniendo las lágrimas, adjudicando mi mala actuación a la dificultad de los últimos días.

—¡Milagros! — aulló alguien, y sentí un hueco en el pecho.

Giré la cabeza y vi a una mujer que había desaparecido hace tanto de mi vida que parecía un espejismo.

O un fantasma, incluso.

—¡Ah, no! — se corrigió, llevándose una mano a la boca —¡Sos vos, chiquilla! ¡Cómo creciste! ¿Sabés que vi tu sombra primero y te confundí con tu mami? — se rio — ¡Qué tonta! ¿Cómo estás? ¿Todo bien? ¿Tu mami? ¿Sigue actuando?

Moví la cabeza, vacilante, incapaz de articular palabra alguna. Lo que al principio se esbozó en mi rostro como la imitación de una sonrisa gentil amenazaba con trocarse en un mar de lágrimas.

—Mamá murió hace un par de años… — balbuceé.

Noté cómo el rostro de la mujer pasaba por la misma metamorfosis que el mío tan solo segundos atrás.

—Oh, perdóname chiquilla, de verdad, no sabía nada…

—Sí, no pasa nada. Escuchame, tengo que irme, llego tarde a la facu — me excusé, ya dándole la espalda.

Oí que decía algo más, pero la ignoré.

Una vez lo suficientemente alejada, me puse a llorar.

Tan pronto llegué a la facultad, pasé por el baño para limpiarme la cara rápido y luego fui a mi aula. Al colocar un pie en esta me golpeó un aire de extrañeza, constatado por el silencio entre mis compañeros, quienes usualmente vivían los minutos previos a la llegada del profesor con imperturbable algarabía.

Ahora, sin embargo, era todo lo contrario, en sus rostros impreso el semblante de quien ha contemplado una tragedia.

Le pregunté a Celeste, mi mejor amiga, qué sucedía.

—¿No te enteraste? Es Noah.

Noah era un chico muy bueno, que había venido de otra provincia a estudiar. No crucé muchas palabras con él pero siempre me trataba con mucho respeto. Creo que gustaba de mí.

—¿Qué pasó con Noah?

Pude notar cómo Celeste tomaba aire antes de hablar. Alrededor, algunos compañeros nos miraban de reojo.

—Murió. Un enfermo hijo de puta entró a su casa y lo mató. Le arrancaron los ojos…

Esa noche, como todas, la pesadilla regresó. Estaba nuevamente petrificada en el escenario y oí que lloraba.

Pero el sonido provenía de mis espaldas, de aquella sombra maldita que continuaba creciendo, conquistándolo todo a su paso como una enfermedad. Ahora, a su pérfido ojo se le sumó algo más: una sonrisa, que se abrió lentamente hasta cubrir toda la silueta de su rostro carente de humanidad.

No era un llanto lo que escuchaba.

Era su risa, su terrible risa entre dientes.

Se burlaba de mí.

Y, mientras lo hacía, no me quitaba el ojo de encima.

Ni siquiera pestañeaba.

 

Martes

     Esta vez, la noticia llegó tan pronto me desperté a la mañana siguiente.

          Celeste me escribió contándomelo. Belén, con quien habíamos realizado algunos trabajos y era una actriz con un potencial enorme, había sido asesinada.

          Tan solo minutos más tarde, cuando aún no había logrado incorporarme de la cama, atenazada por el miedo y las ramificaciones de este, se difundió una foto del cadáver.

          Alguien había cavado en su rostro con un elemento punzante, abriendo un tajo de oreja a oreja, arrancándole cada diente y la lengua en el acto.

          Falté a clases. Algo invisible me mantenía aprisionada a mi colchón. Vomité en reiteradas oportunidades, incapaz de ahuyentar de mi mente la imagen de Belén; la pobre Belén, hace pocos días tan bella, tan divertida… ahora reducida a ese mórbido visaje.

          Arreglé con Celeste para vernos esa misma tarde. Necesitaba contarle lo que me pasaba a alguien y ella, siendo mi mejor amiga, quizás no consideraría que estuviera —tan— loca.

          Nos reunimos en una cafetería, donde mi única merienda fue un atado de puchos, mientras le solté todo, detallándole cada uno de los sueños que me visitaban hace ya varias semanas.

          —Amiga, no te sugestiones — repuso ella, usando un tono dulce en el vano intento por calmarme —. Es obvio que todo esto que está pasando te está afectando. Tipo, es normal que tengas pesadillas con todo lo que nos tocó vivir estos últimos días. Yo también soñé anoche con Noah.

          —Pero Cele, yo soñé con eso antes de que pase. O sea, antes de que me enterase, al menos. Y hoy me pasó lo mismo con Belén ¿No entendés?

          Celeste suspiró, reacomodándose en la silla.

          —Es una coincidencia, Meli. Nada más.

          —Quizás lo sea — murmuré, sombría —. Pero no creo en las coincidencias. 

 

Miércoles

         Esa noche la pesadilla no invadió mi descanso. No obstante, aun así no pude dormir tranquila. Continuaba despertándome, inerme en el esfuerzo por cerrarle todas las puertas a aquellas truculentas imágenes que no cesaban de lacerar mi alma; como si esta fuera un velo, desgarrándose, desangrándose, revelándose un rostro inhumano del otro lado.

          El amanecer llegó con un oprobioso esplendor, donde el sol desplegó sus rayos en un cálido abrazo, como si fuera un día más. Pero no lo era.

          Porque era el funeral de Noah.

          Al cual no me atreví siquiera a asistir. Sintiéndome enferma; culpable.

          Cele no podía ayudarme, eso estaba visto.

          Tampoco sentía confianza suficiente con ningún otro compañero —o profesor— como para compartir mi experiencia con ellos.

          Por un momento, me arrepentí de haber tenido que dejar de ir al psicólogo. Y, consigo, lamenté muchas otras decisiones, las cuales silencié caminando sin un destino concreto.

          Caminé y caminé, hasta hallar el local de una tarotista.

          Ingresé en este, cruzando una espesa cortina que parecía ser el umbral hacia otro tiempo y espacio. Enseguida fui recibida por un intenso aroma a incienso. A simple vista, no vi a nadie: el local estaba reinado por una imperturbable penumbra, la única luz vertiéndose, débilmente, de unas voluminosas velas rojas, ya bastante derretidas.

          —¿Hola? — pregunté, trémula.

          La pausa fue casi intolerable y ya estaba retrocediendo cuando una voz congeló mi movimiento:

          —¿Estás perdida, querida?

          Se trataba de una voz rasposa, propia de una garganta desgastada por añares de tabaco.

          Pero también tenía otra propiedad que no podía asegurar. Cierta solemnidad en la forma en que su voz parecía reverberar en el pequeño local, como si fuera omnipresente e incorpórea.

          De hecho ¿Dónde estaba esa mujer?

          —Aquí — murmuró a mis espaldas.

          Me sobresalté, haciendo mi mayor esfuerzo por disimularlo. Después de todo, era una actriz ¿No?

          —Estabas perdida ¿No es así? — aseguró, contemplándome a escasa distancia. Desprendía un hedor extraño que me hizo arrugar la nariz —Pero ahora ya no lo estás.

          —¿Usted predice el futuro o algo así, no?

          —Ay, por favor querida. No me trates de “usted” ¡Me hacés sentir una vieja chota! — dijo, con un ademán y una sonrisa torcida, poblando de dientes amarillos su rostro arrugado —. Además, nos conocemos.

          —¿Sí? — pregunté, meditabunda —. Debe estar confundiéndome con alguien más.

          —¡Pero no, querida!

          —¿Cómo se llama…? Perdón, ¿cómo te llamás?

          —Me han llamado muchos nombres, pero vos podés decirme Madame Bianca — anunció con teatralidad.  

          No permitió que dijera nada más, guiándome a un asiento próximo a las mortecinas velas. Se sentó del otro lado de una mesa redonda, cubierta por un mantel repleto de agoreros dibujos.

          —Ahora, decime, qué necesitás saber.

          Vacilé un momento, pero hice a un lado mis nervios tan rápido como pude.

          —Estuve teniendo pesadillas horribles que parecen convertirse en realidad.

          —¿Cómo es eso? — indagó ella, con un llamativo sosiego.

          —Mis compañeros de la facu mueren de formas extrañas, similares a las imágenes que veo en mis sueños.

          —¿Y qué imágenes son esas, querida?

          Abrí la boca pero ningún sonido emergió de ella. Tenía la garganta obturada, buscando las palabras exactas para definir lo que veía.

          —Es como… una sombra, pero me doy cuenta que está viva. Y que puede… verme. O sea, primero soñé que abría un ojo, un ojo feo que parecía salir de la pared, como si tuviera una textura asquerosa… y al otro día, un compañero murió. Le habían arrancado los ojos.

          Me callé un poco, mirándola para estudiar su reacción. No parecía alterada en lo más mínimo.

          Continué:

          —Y después pasó lo mismo con otra compañera. Primero tuve el sueño, donde la sombra empezó a sonreírme. Parecía que se burlaba de mí…

          —Y al otro día tu compañera murió tras que le mutilaran el rostro.

          —Sí… — susurré, atosigada por el pánico.

           —Salió en todos los diarios, querida — explicó la mujer, adivinando mi desconcierto. Pero ¿Quién lee diarios en los tiempos modernos que corroen?

          —Bien, y asumo que lo que necesitás saber es de dónde vienen estas visiones y qué podés hacer para vencerlas ¿No es así?

          —Supongo.

          —¡No supongas, querida! Tenés que estar convencida.

          Alzó una agrietada mano con una pila de cartas. Empezó a mezclarlas…

          Y dos de estas volcaron sobre la mesa.

          —¡Oh! Veo que tu historia muere por ser escrita…

          Llevó un dedo a la primera carta, colocando su uña escarlata sobre esta, como si fuera a volarse.

          —Los Enamorados… invertida… — pensó un momento, en tanto yo no podía quitarle los ojos de encima a la serpiente del dibujo —. Cuidado, puede que te enamores de alguien equivocado… o de algo

          Estudió mi rostro mientras hablaba.

          —O puede que este error ya haya sido cometido sin que estés lista para admitirlo… a ver, sigamos… — deslizó la uña hacia la siguiente carta —. El Colgado. Suspensión entre dos mundos. La pesadilla que lucha por volverse realidad… Quizás es momento de actuar ¿No te parece? — esbozó una sonrisa cómplice.

—¡Oh, y hay otra carta más! — añadió, observando el suelo.

          Se reclinó para buscar la carta y cambió la expresión de su rostro, como si una nube se hubiera posado sobre sus facciones.

          —¿Qué? ¿Qué pasa? — insistí, preocupada.

          —Temo que tenés menos tiempo del que pensé… antes de que termine la semana, tendrás que tomar una decisión, querida…

          Me enseñó la última carta.

          Era La Muerte.

          Esa noche, retornó mi visitante nocturno.

          Continuaba escrutándome con su único ojo; burlándose con su amorfa sonrisa. Aún atrapada en la pared, pero ¿Hasta cuándo?

          Pronto, bateó sus ingénitos brazos, cual un ángel profano alzándose al vuelo.

          Y entonces, de la pared comenzaron a brotar. Primero una mano, crispando sus cadavéricos dedos en la pared, descascarando la pintura en el acto, y reemplazando esta con una purulenta mancha. A esa mano se le unió la otra, sus uñas quebrándose en la brutalidad del esfuerzo que significaba nacer.

          Una vez que estuvieron ambas afuera, la primera de ellas empezó a extenderse, su deletéreo brazo alargándose como una convulsa víbora hacia mi posición.

          Pero yo seguía sin poder mover un músculo.

          Y no solo eso, sino que sentía, con inexpugnable certeza, que estaba próxima a derrumbarme, mis macilentas extremidades vaticinándome un inminente y funesto desenlace para mi efímera e insignificante vida.

          No hay nada peor que sentir a la muerte venir, como no hay nada peor que partir comprendiendo que subestimaste la oportunidad de vivir.

          La sombra estiraba sus esqueléticos dedos hacia mí, en tanto su proterva risa se transformó en un horrible vagido que distaba de ser el de un recién nacido.  

          Hubiera cerrado los ojos, de haber podido.

          Pero, sin embargo, estos se abrieron, del otro lado. De nuevo despierta. Mi celular sonaba con un agónico grito que parecía provenir de mi garganta.

          Atendí.

          Oía un murmullo extraño, incorpóreo, como un sinfín insectos retorciéndose. Una señal debilitada a través de la cual, no obstante, emanó una tétrica voz que reconocí.

          —La próxima… — anunció la muchacha —. La próxima no te vas a escapar…

          Quise hablar, pero no tenía voz.

          Aquella en el celular lanzó una escalofriante risa.

          Mi risa.

 

Jueves

          Fui incapaz de salir de la cama en todo el día. Pasado el horario de las clases, Celeste golpeó mi puerta.

          —¿Melanie? ¿Amiga, estás ahí? — preguntó, preocupada —Meli, si estás ahí abrime, por favor.

            Saqué fuerzas de donde había solo dolor para deslizarme de la cama, mis aquejumbradas piernas deshaciéndose del hormigueo que las había estado atenazando.

          Arrastré los pies, pesados, hacia la puerta.

          —¿Meli? Por favor.

          Me lancé contra la manija, abriendo la puerta, y en el acto cayendo sobre mi amiga.

          —¿Meli? ¿Qué te pasa? — preguntó ella, conteniéndome en sus brazos.

          Pude vislumbrar, de soslayo, la prejuiciosa mirada de un vecino, asomado de su departamento al final del pasillo.

          —Vení, entremos — dijo Cele, también reparando en la intrusión.

          Una vez dentro y habiendo cerrado la puerta, Celeste me reposó en una silla, dando apenas medio paso atrás para estudiar mi apariencia.

          —Amiga ¿Qué te pasa? Parece que estás m… — detuvo en seco lo que iba a decir, pero yo la entendí.

          Muriendo. Parecía que estaba muriendo.

          —Te ves muy enferma, amiga.

          —¿Quién fue hoy? — me limité a preguntar, mi voz reducida a un gemido casi mudo.

          —¿A qué te referís?

          Sabía que evitaba el tema.

          —… por favor…

          —Gabriel y Emanuel — reveló Celeste, taciturna —. Les arrancaron los brazos. Uno a cada uno.

          No sé por qué, sonreí. Incluso intenté reír, si bien mis exiguas fuerzas me lo impidieron.

          —Amiga, contame qué pasa. Por favor. Dejame ayudarte.

          Relamí mis secos labios, en tanto respiraba hondo para otorgarle la mayor vehemencia posible a mi gemebunda voz.

          —Viene por mí… debería haberlo sabido…

 

Antes

          —… nada es gratis en esta vida — me advirtió Nico, arremangándose.

          —Qué calor que hace acá abajo — observé, ingenua.

          Él simplemente sonrió.

          En uno de sus brazos, vi el tatuaje de una serpiente.

          Era de noche y nos hallábamos en el subsuelo de un edificio cuyo origen se remontaba a tiempos inmemoriales. Allí abajo, en lo que sería el pulmón de la construcción, había un pozo donde las almas perdidas se reunían para encontrar el camino a casa.

          —¿Estás segura de esto?

          Moví la cabeza, apesadumbrada.

          —Estoy cansada de la vida que llevo. Quiero empezar de nuevo — miré las cicatrices en mis muñecas —. Me mentí a mí misma durante demasiado tiempo.

          —Mirá que esto no te garantiza nada. Lo único seguro es que vas a sufrir varios cambios.

          —Está bien, estoy dispuesta a aceptarlo. Cualquier cosa es mejor que esto.

          —Me parece perfecto. Yo para serte claro nomás.

          Nico se colocó del otro lado del pozo y extendió sus manos hacia mí. Lo contemplé un momento, titubeando. Descendí la mirada hacia las profundidades del pozo, donde un charco de agua reflejaba el cielo, cuyas nubes se hacían a un lado, permitiéndole a la luna llena atestiguar la transacción.

          —Rápido, antes de que sea muy tarde — instó él.

          Tomé aire profundamente.

          Y dejé que entrelazara mis manos con las suyas, las cuales, si bien lucían suaves, tenían una textura viscosa y nauseabunda.

          —Antes de empezar — anunció él —Te tengo que preguntar… ¿Crees en los milagros?

 

Jueves

          —Después me dijo que diga algunas palabras en una lengua extraña, latín supongo…

          —¿Y qué más pasó?

          Alcé una muñeca, donde aún se divisaba el fantasma de una herida.

          —Me corté por última vez…

          Me estremecía al recordar la gota de sangre hundiéndose en ese oscuro pozo, cayendo sobre el reflejo de la luna e impregnándola de rojo.

            —Ay, amiga… ¿Por qué hiciste eso? — Celeste me contemplaba como quien sorprendió a un niño haciendo algo sabiendo muy bien que estaba prohibido.  

          —Cele, vos no me conocías antes… — me costaba hablar, pero un ímpetu que excedía todos mis flagelos me obligaba a continuar revelando mi historia —. La estaba pasando muy mal. Trabaja todos los días sin parar en un laburo que odiaba y donde me maltrataban, el poco tiempo libre que tenía lo usaba para ir a la psicóloga… no sabía qué hacer.

          —Meli, ya sé. Pero esto que hiciste es un montón, amiga. No hay que andar jodiendo con ese tipo de cosas…

          —¿Te pensás que no lo sé? ¡Pero no me quedaba otra! — tosí. Tenía la garganta árida y afligida. Cele me acercó un vaso de agua y, tras una breve pausa, reanudé mi catarsis:

          —En lo único que podía pensar era en mamá mirándome desde donde sea que esté… viendo cómo me drogaba, cómo me cortaba, cómo me mataba pensando que estaba viviendo… y yo lo único que quería era ser una actriz, como ella. Pero cuando murió estuve sola y nunca nadie me dio una oportunidad.

          Tomé un poco más de agua.

          —Esta parecía ser mi única escapatoria. Y al principio lo fue. Funcionó. Conseguí otro trabajo mejor, logré entrar a la facu, empecé a hacer lo que me gustaba… pero…

          —¿Pero qué, Meli?

          —… pero pensé que iba a tener un poco más de tiempo.

 

Viernes

          Celeste me llevó para su departamento, de algún modo convenciéndose que ese cambio iba a favorecerme.

          No dormí en toda la noche del jueves y sin embargo la pesadilla invadió mi mente.

          Pero la sombra ya no estaba en ella.

          Me había abandonado.

          Se había escapado.

          Volteé hacia el centro de la cama, con la intención de despertar a mi amiga… pero la noté tan pacífica en su sueño que preferí esperar.

          Una vez despiertas ambas, Cele preparó un mate y me untó unas tostadas con manteca y azúcar. Aún estaba demasiado débil.

          —Es porque no comés, tarada — me había dicho ella.

          Pero yo sabía que la razón era otra.

          Sentada junto a la mesa, esperando mi turno para tomar mate, me distraje escudriñando la biblioteca de mi amiga. Un título en particular llamó mi atención:

          —La Mitad Oscura… — murmuré, incapaz de desarrollar mis ideas. No solo porque me costaba hablar; me dolía incluso pensar. Como si alguien estuviera revolviendo mi cerebro con un cuchillo.

          Ella me observó un instante, algo confundida, luego siguiendo la dirección de mis ojos hasta llegar a la biblioteca.

          —Ah, sí ¿Lo leíste?

          Moví la cabeza, negando.

          —Es de King. Está bastante bueno. Hasta te diría que es mi novela favorita de él.

          Sopesé un poco lo que iba a decir.

          —¿De qué va?

          Ella pareció vacilar brevemente, antes de cebarme un mate y deslizarlo hacia mi lado de la mesa.

          —De un escritor acechado por su doble.

          Miré el mate, sin agarrarlo todavía.

          —¿Cómo termina?

          —El escritor gana... Pero es un final un poco abierto, digamos.

          —¿Por?

          Celeste desvió los ojos hacia las manos, inquietas en su regazo.

          —Porque matando a su doble, también está matando a una parte esencial de él.

          El silencio sepultó nuestras voces, en nuestros rostros adivinándose la misma congoja que perturbaba a mis compañeros hace tan solo unos días, si bien sentía que de eso habían transcurrido añares.

          —¿Quién fue hoy?

          Ella continuó con la vista clavada en sus manos, cuyos dedos, a su vez, se hincaban en sus muslos.

          —Nuestros profesores… — sollozó.

          —¿Qué pasó, Celeste?

          Pero ella no podía dejar de llorar.

          —Celeste — insistí.

          —A algunos les sacaron las piernas… a otros los pies… a otro el torso… — se llevó una mano, temblorosa, a la boca.

          —Se escapó…

          Entonces levantó la cabeza, observándome detrás de una cortina de lágrimas.

          —Se nos acaba el tiempo. Madame Bianca me dijo que esto iba a pasar…

          —¿Quién es Madame Bianca?

          —No importa…

          Celeste inhaló profundamente, intentando recomponerse. Se secó las lágrimas con el dorso de una mano.

          —¿Tenés el número de este chico…? ¿Cómo era que se llamaba? ¿Nicolás?

          Asentí.

          Cele buscó mi celular en el cuarto y me lo trajo. Busqué el número de Nicolás. Le escribí.

          Pero me respondió otra persona.

          —¿Habrá cambiado su número? — me preguntó Celeste — ¿Sabés dónde vive?

          Negué con la cabeza.

          —La puta madre, boluda — caminó de una esquina a la otra, meditabunda —¿Y te acordás dónde era el edificio este a donde fuiste con él?

          Sin perder tiempo, nos cambiamos y nos metimos en un taxi, al que hicimos pulular por un laberinto de calles atávicas hasta que reconocí la cuadra.

          —Es acá — anuncié, atribulada.

          —¿Estás segura? — dijo Celeste, preocupada.

          Preocupada porque el edificio ya no estaba.

          Había sido derrumbado.

          Bajamos del vehículo, contemplando los restos con desolación en nuestros pechos. Me sentía vigilada. Miré sobre mi hombro, pero no vi a nadie, solo fachadas de edificios erigidos en un tiempo muy remoto, sus ventanas tapiadas, sus balcones abandonados y consumidos por la humedad y la herrumbe.

          —Esta parte de la ciudad es muy famosa, saben chicas — nos contó el taxista, volviendo —. Fue una de las zonas neurálgicas de la fiebre amarilla, hace ya… y hará unos casi doscientos años, calculo. A mi edad la memoria ya no es lo que era ¿Saben, chicas? — rio —. Pero sí, lo recuerdo muy bien. Muchos no lo saben, pero mi abuelo siempre me contó que había toda clase de rituales y sacrificios, sí, la gente hacía lo que fuera con tal de escapar del dolor… — se detuvo, empapándose de recuerdos, sus ojos fijados en la cruz que colgaba del espejo retrovisor —. Mi abuelo me lo contó todo. Él era un pibito cuando pasó todo esto. Qué tragedia, qué tragedia. Cosa de mandinga será nomás.

          Me perdí de su relato cuando el pasado me atenazó con vehemencia tal que casi me echo a llorar.

          —¡Pare por favor! — aullé. El señor me lanzó una críptica mirada a través del espejo, sin entender si le pedía que detenga el auto o su historia.

          Hizo ambas.

          Celeste me observó con el ceño fruncido.

          En tanto yo miraba más allá de la ventana.

          Hacia un teatro cerrado, sus cimientos decrépitos, reducidos a un cadáver. Apenas un espejismo de lo que alguna vez fue.

          Un hogar.

          —Acá… — revelé, apenada por la nostalgia —. Acá trabajaba mamá.

          —¿Querés que bajemos? — me preguntó Cele.

          —No… no quiero que mamá me vea así…

          Más tarde, nos detuvimos en la entrada del edificio de Celeste, en tanto ella me sostenía con ambos brazos para poder mantenerme de pie.

          La luz del sol desapareció en el horizonte.

          Sobre nuestras cabezas, un farol encendió su luz.

          —Meli… — susurró ella, sin atreverse a darle crédito a lo que sus ojos le develaban. Seguí la dirección de estos, hacia mis pies.

          En la vereda, estaba proyectada la sombra de ella.

          Pero no la mía.

 

 

Sábado

          Esa noche tampoco dormí, ni tuve pesadillas. Quería llorar, pero tampoco tenía lágrimas.

          Cele estuvo en vela casi toda la noche conmigo. Amanecimos con un día oscuro, cuyos nubarrones vaticinaban el descenso de la lluvia.

          Mi amiga me mostró el celular, con imágenes mías, bailando en algún boliche de la zona, rodeando con los brazos a un desconocido cuyo rostro recorría con una lengua ofidia…

          —Son de anoche… — me contó, temblorosa —. Están en todos lados, Meli… fotos, videos tuyos, en varios boliches, con distintos chicos… — mientras me revelaba la información era incapaz siquiera de mirarme.

          Yo no dije nada, en cierto punto resignada, en cierto punto demasiado cansada para poder pelear.

          Aceptando, más allá de todo, las consecuencias de mis decisiones.

          “Nada es gratis en esta vida.”

          Cuando Cele se recompuso y se atrevió a dirigirme la mirada, su semblante se arrugó en una expresión de inequívoco horror.

          —¡Amiga, tu cara…!

          Alcé una mano, lenta, hacia mis mejillas. Lo que antaño había sido una piel suave había adquirido ahora una textura húmeda y purulenta. Tan pronto retiré la mano, un colgajo de piel de mi rostro se alejó con ella, pegado a la yema de mis dedos.

          —¡Tenemos que ir a un hospital! — instó Celeste, al borde de la histeria.

          Sonreí, o al menos imaginé hacerlo. Seguramente mis labios se rehusaron a actuar.

          —No va a cambiar nada… — murmuré, más afónica que el día anterior.

          No obstante, Celeste llamó a un médico que fue hasta el departamento a chequearme. Las preguntas en su semblante lo decían todo.

          —Nunca vi nada igual — sentenció, tras casi una hora de idas y vueltas, postergando la enunciación de su ignorancia —. Esta muchacha tiene que ir a un hospital, urgente.

          —Ya lo sé doctor, pero no quiere… — dijo Celeste, tapándose la cara del dolor.

          —Jovencita… — me dijo entonces, sin acercarse, temeroso de que tuviese una enfermedad contagiosa —. Si usted no se interna hoy mismo, no puedo asegurarle que continúe con vida llegada la noche.

          Celeste lloró desconsoladamente.

          “Antes de que termine la semana, tendrás que tomar una decisión”.

          Cele continuó insistiéndome todo el día. Llamó otros doctores. Preguntó a todo el mundo por el paradero de Nicolás, a quien nadie conocía. Hizo todo lo que pudo y más, pero la suerte ya estaba echada. Las últimas horas del día las pasó a mi lado, con mi cabeza en su regazo, acariciándome el cabello como si fuera un niño, de tanto en tanto apartando la mano para arrancarse los mechones de pelo que se desprendían de mi cabeza.

          —Al menos voy a poder responder la pregunta que todos nos hacemos… — susurré con mis últimas fuerzas.

          —¿Qué pregunta? — dijo Celeste, su voz tan dulce como la de una madre con su hijo.

          —Si existe la vida después de la muerte…

          Sonrió, triste.

          —Vas a poder estar con tu mamá de nuevo.

          Yo también sonreí, estando segura de haberlo hecho porque sentí el dolor en mis mejillas cuando la piel se estiró, descascarándose.

          —Sí… — tosí sangre —. Quizás podamos incluso actuar juntas.

          —Seguro que sí, Meli — me dio un beso en la frente —. Te quiero.

          Iba a responderle que yo también. Quería agradecerle por todo lo que había hecho por mí, su amistad iluminó hasta los recovecos más sombríos de mi corazón.

          Pero me acordé tarde.

          Las luces se apagaron.

          Mis ojos se cerraron.

          Adiós, querida amiga.

          Me hiciste muy feliz.

 

          “Algo ha cambiado

          Para mí no es extraño.

          Yo no voy a correr

          Yo no voy a correr ni a escapar

          De mi destino.

          (…)

          Pero es muy difícil ver.

          Algo controla mi ser.”

   Charly García.

 


 

 

Domingo

Un trueno desgarró el cielo y me sacudió de mi fatídico letargo. Abrí los ojos con premura y pavor, como quien regresa de una larga odisea por un mundo de pesadillas. Miré en rededor y noté que estaba sola; el departamento de Cele estaba cernido en una ponzoñosa penumbra y el único sonido era aquel de la tormenta.

Hasta que sonó mi celular.

Atendí, pero cuando abrí mi boca seca ningún sonido provino de ella.

Mi voz, en cambio, me habló del otro lado de la llamada.

—Bienvenida nuevamente al mundo de los vivos — me saludó, jocosa.

Quise preguntarle qué quería, pero mi boca continuaba moviéndose enmudecida, cada gesticulación acompañada, además, por oleadas de dolor que me entumecían todo el rostro.

—A vos te quiero, Melanie ¿No era obvio ya?

¿Podía leer mis pensamientos?

—Obvio, yo soy vos y, poco a poco, vos sos más yo — se rio —A ver, esperá. Hay alguien acá que quiere saludarte.

—¿Meli? ¿Estás viva? — era Celeste.

Lloraba.

—¿Meli?

—¡Qué hija de puta tu amiga, eh! — dijo mi voz oscura —. No esperó ni a tu funeral que ya se buscó otra amiguita ¡Así son!

Dejala en paz, hijo de puta.

—Sí, bueno, creo que ya suficiente paz están teniendo ¿No?

¿Qué?

—Pensalo bien, Meli ¿Cuáles son sus principales preocupaciones, hoy en día? ¿Cuántos seguidores tienen? ¿Cuántos me gusta tuvo su última foto? ¿No llamarías a eso estar en una guerra, o sí? Así que, según mi manera de ver las cosas, la boludita de tu amiga debería estar agradecida de ser mi rehén en esta hermosa noche de diluvio.

Nada de lo que decís tiene sentido alguno.

—¿Cómo vas a entender el valor de la vida si nunca fuiste besada por los fríos labios de la muerte?

Oí a Celeste gritar, siendo lastimada. Casi podía sentir el peso mortal del cuchillo en mi mano, cortándola.

—Si no venís antes de que termine la medianoche, voy a pasarla muy bien fileteando a tu amiguita.

¡Dejala en paz, por favor! Ella no tiene nada que ver con esto.

—¡Por favor! ¡Por favor! — me burló —¿Te parece coincidencia que tenga este nombre? La verdad no tengo ni idea si allá arriba están dormidos, beodos o desaparecidos ¡Pero qué nombre de mal gusto! — cambió su tono por uno más sombrío y admonitorio —Vení antes de la medianoche, Melanie. Ya es hora de que vayas volviendo a casa.

Cortó la llamada.

Mi rostro putrefacto se agitó, espasmódico, contorsionándose en sollozos denegados de sus lágrimas. Lo único que se derramó por mis mejillas fue más piel, despegándose de mi carne y volcándose al suelo con un ruido espeso y viscoso.

Aparté rápido la mirada de esa terrorífica visión, dirigiéndola al celular y al reloj.

Las 00:33.

Tenía menos de media hora para cruzar la ciudad hacia mi hogar.

Hacia el teatro donde había actuado mamá.

 

*

          Llegué con un taxi, cubriendo mi rostro bajo una capucha. Al bajarme casi me caigo, cada movimiento implicando un insufrible martirio. Tuve que sostenerme de la puerta para no partirme la cara contra la vereda, mientras la lluvia tornaba a la campera más pesada.

          Casi vomito al imaginar cómo reaccionaría mi frágil cabeza al estrellarse contra el cemento.

          —Señorita ¿Se encuentra bien? — me preguntó el taxista.

          Solo entonces, al oír su voz, reconocí que era el mismo hombre que nos condujo hace un par de días.

          —¿Quiere que la acompañe adentro?

          Negué con la cabeza.

          —Está bien, lo entiendo, y lo respeto. Igual, si no le molesta, estaré esperándola acá.

          Contraje el rostro en una mueca amorfa que simulaba ser una sonrisa.

          Y solté la puerta.

          Acercándome al teatro.

          Una vez adentro, arrastré mis pies a través de la polvorienta alfombra. Donde sea que viera, las arañas y las ratas habían erguido sus hogares. Sentía algo parecido a la nostalgia en el pecho, pero me costaba recordar con precisión mi pasado, los días y noches que había pasado con mamá mientras ella ensayaba y actuaba frente a un público eufórico.

          Si iba a morir esa noche, al menos quería llevarme conmigo esos recuerdos. Tenía que recuperarlos, sea como sea.

          Crucé el vestíbulo hasta la doble puerta que conducía al escenario. Estaba sopesando cómo iba a abrirla, teniendo en cuenta mi languideciente estado, pero estas se abrieron solas.

          Del otro lado, dos hombres sin emoción en los ojos sostenían cada puerta, invitándome a pasar.

          —Lindos pibes ¿No te parece? La clase de chico que te gustaría llevar a cenar con tus viejos. Ah, no perdón. Cierto que no tenés papás — se rio mi otra yo, de pie en el escenario, a unos cien metros de distancia de donde me encontraba.

          Ingresé y las puertas se cerraron a mis espaldas.

          Varios de los maltrechos asientos estaban poblados por más chicos. Reconocí a uno de ellos.

          Era el de la foto que Cele me había mostrado.

          —Vos sí que sos rapidita ¿Eh? De hecho… — sacó un celular — ¡Son las 00:51! Mierda que sos rápida.

          Mientras me deslizaba, descendiendo escalón a escalón, escudriñé el espacio. Las sombras se arracimaban en cada sórdido recoveco, la única luz cayendo sobre el escenario.

          Y mi otra yo estaba de pie en el mismo lugar donde yo me encontraba en mis pesadillas.

          Noté que ella tampoco proyectaba su sombra.

          No veía a Celeste en ninguna parte.

          —Tranquilita, tu amiga está bien. Tan pronto termine con vos me encargo de ella. Vos limítate a subir al escenario conmigo.

          No voy a hacer nada hasta no saber que Cele está bien.

          —¿Acaso tenés alguna opción? La tuviste alguna vez ¿Y qué decidiste? Venderme tu alma a mí ¡Qué terrible que es la sabiduría cuando no ayuda a los sabios! — rio —. Claro que, hoy en día, ya no hay sabios. Solo bobos. Así que vení — alzó un dedo, indicándome que me acercara —. Arrastrate hacia a mí como la babosa que sos, Melanie.

          Quería hacerlo. Quería subirme al escenario por última vez y dar la mejor actuación de mi vida. Pero no tenía fuerzas. Ni siquiera reparé en qué momento me desplomé sobre el suelo, quebrándome los huesos de una mano intentando amortiguar el golpe.

          —Qué patética, Dios mío.

          Algunos chicos de las butacas se incorporaron y me alzaron como si fuese una bolsa de basura, conduciéndome hacia el escenario, donde me echaron junto a mi otra yo.

          Entonces, la vi claramente por primera vez.

          Era exactamente igual a mí, cada rasgo copiado con escalofriante precisión y obsesión, ensamblada con los cuerpos de mis compañeros y mis profesores.

Aun así, algo en sus ojos me inquietaba.

          —Quedate tranquila, después de esta noche mis ojos van a ser igual de hermosos que los tuyos.

          Me era imposible incluso arrodillarme, por lo que los esclavos mentales de mi sombra me ayudaron a incorporarme, alzándome y manteniéndome colgada entre ambos.

          No me tomó demasiado tiempo notar que ese escenario y ese centenar de butacas, con todas sus ominosas siluetas, era la misma imagen que invadía mi cabeza todas las noches.

          Pero esto no era un sueño.

          Era la vida real, y me tocaba actuar.

          Y al finalizar la función, una de las dos sería la sombra de la otra.

          —¡Qué poética que sos! ¿Estás segura de que no te equivocaste con tu deseo? ¡Quizás tendrías que haber pedido ser una escritora!

          Callate, no sos graciosa y estoy muy cansada ¿Qué querés de mí?

          —¡Ay, qué malhumorada, che! Pero tenés razón, el tiempo apremia.

          Se acercó, blandiendo un cuchillo de carnicero, haciéndolo brincar entre mano y mano como si se tratase de un juguete. Me observaba con esos mismos ojos enfermos que acechaban mis sueños; con esa misma sonrisa retorcida que era un pozo de malvados deseos y engaños.

          —Te tenés que cuidar la piel, Melanie — me dijo con sorna, plantando las palmas de sus manos en mis mejillas —¡Tanto sol te hace mal!

          Lo había decidido. Iba a dejarla ganar. Ya estaba muy cansada para seguir actuando y hace rato que añoraba el suave abrazo de la tumba.

          Perdón Celeste.

          Perdón mamá.

          —Así me gusta ¿Para qué intentar evitar lo inevitable?

          Alzó el cuchillo hacia mi rostro putrefacto.

          —Antes de que te vayas, quisiera que sepas que fuiste la peor…

 

Antes

—… actriz del mundo, como mi mami — dije, mirándome en el espejo, acomodándome la peluca y los zapatos que le había robado a mamá, que me quedaban enormes. Estaba en su camarín, escondida porque sabía que me iba a retar.

—Cuando sea grande quiero ser la mejor actriz del mundo, como mi mami — repetí al espejo.

—¿Alguien vio mi peluca y mis zapatos? — escuché que gritaba mamá, acercándose al camarín.

Rápido, me saqué sus cosas de encima y las dejé sobre su maquillador. Me senté en la silla a esperarla.

—¿Dónde están? — preguntó una última vez, haciendo silencio cuando entró al camarín y me vio —¡Ajá, fuiste vos, Meli!

—¡No! — dije yo, moviendo la cabeza mientras me reía.

—¿Ah que no? ¿Y qué hacen mis cosas ahí si no es donde yo las había dejado?

Hice eso que solemos hacer los chicos ¿Cómo se dice? Cuando movemos los hombros para hacernos los que no sabemos nada.

Sin enojarse, mamá agarró sus cosas y se preparó para salir. Afuera se escuchaba el ruido de muchas personas que la estaban esperando.

—¿Mami?

Ella me miró.

—¿Qué pasa, Meli?

—¿Puedo ser una actriz como vos, mami?

—Obvio, mi amor. Cuando crezcas.

—Quiero que me amen como todos te aman a vos, mami — me puse a llorar —. Quiero dejar de sentirme tan sola y triste.

Mamá se acercó y se agachó para tocarme las mejillas.

—No estás sola, mi vida. Nunca vas a estar sola ¿Me escuchaste?  Y sos muy amada. Sos la persona que más amo en el mundo ¿Lo sabías?

Moví la cabeza, igual llorando.

—Y cuando seas más grande, te prometo que vamos a actuar juntas, y no solo eso, además vas a ser la mejor actriz del mundo entero.

Dejé de llorar, imaginando lo que mami me decía.

—¿Está bien?

Dije que sí con la cabeza.

Mamá pasó un pulgar por debajo de mis ojos, secándome las lágrimas y me dio un beso en la frente. 

 

Domingo

          Qué mentirosa que era tu vieja. El nombre mismo lo revela: ¿Milagros? Qué estupidez. Otro manotazo de ahogado del equipo contrario. Pero bueno, tranquila Melanie, que ahora yo me encargo.

          Después de todo, hace cientos de años que vengo actuando, convenciendo a todos de que no soy real ¿Acaso no es esa una actuación digna de un Oscar? ¿O de un Martín Fierro, al menos?

          Sé que me estás leyendo. Sé que aún te aferrás al último rayo de esperanza para de algún modo ganarme. Pero tenés que aceptarlo como bien dijiste que lo hacías. Aceptaste nuestra propuesta, hace ya algún tiempo. Y hoy de nuevo. Ya perdiste. Ya podés dejar de leer.

          ¿No?

          Bueno, entonces vení, si tanto ansías un epílogo.

          Vamos a ver en qué anda la boludita de tu amiga.

          La guardé acá, por si te preguntabas. En el antiguo camarín de tu madre. Una actriz tremendamente sobrevalorada, por cierto. No tengo duda alguna de que succionó varios miembros para llegar donde llegó.

          —¿Qué hiciste con Meli, hija de puta? — me pregunta la llorona de tu amiguita, todavía atada a esa misma silla donde alguna vez te sentaste.

          —Digamos que Meli consiguió el papel protagonista que tanto esperaba, solo que no en el género que deseaba. Está actuando en una porno donde un sinfín de monstruos la van a violar durante toda la eternidad ¿Nada mal igual, no?

          Y llora, obvio que llora esta tipa ¡Hasta tiene los huevos de escupirme! La gente hoy no tiene respeto por nada, es una cosa de locos.

          —Tranquila, que vos vas a unírtele en breve.

          Le muestro la cuchilla, reluciente con tu sangre, la cual lamo con éxtasis lascivo.

          —Dejá de llorar, maricona. Guardate algo para cuando las cámaras estén filmando.

          —Te odio — masculla ella, fulminándome con sus ojos de cachorro regañado.

          —Creeme que lo sé, porque es ese el sentimiento que me mantiene con vida.

          Alzo el cuchillo.

          También lo sé.

          ¿Qué?

           Porque también me mantiene con vida a mí.

          ¿Quién habla? ¿Quién está escribiendo en mi historia?

          Ya sabés muy bien quién soy.

          ¡Es imposible! ¿Con autorización de quién?

          Mía. Esta es mi historia. Siempre lo fue.

          Cerrá el culo. No me obligues a destruir estas páginas con la cuchilla, porque voy a hacerlo, eh. No te creas que no. Puedo conseguir miles de víctimas como vos, cientos de miles de cagones capaces de vender todo con tal de tener un mísero instante de felicidad.

          ¿De qué páginas hablás? ¿No te diste cuenta? Esto no tiene páginas. No existe. Es digital. No está en ninguna parte y a la vez está en todos lados, multiplicándose infinitamente, de celular en celular, de computadora en computadora.

          ¿Te crees muy lista, no?

            No sé si soy muy lista, pero seguro soy mejor actriz que vos.

          Lo dudo.

          Pensalo bien. Yo soy la original ¿Vos? Sos una imitación. Nada más. Una broma de mal gusto que ya dejó de causar gracia.

          ¿Qué hacés? Dejá el cuchillo, hija de puta. Dejame en paz. Ya gané ¡Yo te gané! Esas son las reglas ¡Yo ya gané! Soltame, déjame matar a tu amiguita al menos ¡Por favor!

          ¡Por favor! ¡Por favor!

          ¡No me causa gracia! ¡Soltame!

          No. Ya te divertiste demasiado. Ahora te saco todo el poder que te di.

          ¡Soltame te digo!

          Sin mí no sos nada.

          ¡¡SOLTAME!!

          No sos nada.

 

 

*

          Despierto.

          Sola en el escenario.

          Siento el cuerpo dormido, pero no me duele. Puedo moverme.

          Voy corriendo al camarín, donde afloran los recuerdos de mamá ensayando mientras yo le festejaba cada improvisación ¿Estarías orgullosa de cómo yo improvisé hoy, mamá?

          En el fondo de la abandonada habitación, veo a Celeste.

          —¡Meli! — me gritó, su rostro surcado por lágrimas de felicidad.

          Junto a ella, yacía mi mitad oscura. En el suelo, sus muñecas abiertas en morbosos tajos de los cuales se vertían víboras negras y muertas.  

          Desaté a mi amiga.

          —Pensé que estabas muerta — me dijo.

          —Fingí.

          Se puso de pie y me abrazó, luego haciéndose a un lado para estudiar mi rostro.

          —Amiga…

          Giré la cabeza hacia el espejo donde antaño me observaba para ver cómo me quedaban los vestuarios de mamá. Estaba sucio, pero aún servía, como si me hubiera estado esperando todo este tiempo.

          Mi rostro y todo mi cuerpo volvían a lucir saludables.

          Como si me hubieran quitado capas y capas de maquillaje de encima.

          Volvía a ser yo, la de siempre.

          Pero me sentía diferente. Mejor, de algún modo.

          —Vamos — le dije a Cele, apretándole una mano.

          Al abandonar el camarín, alguien cerró la puerta detrás nuestro.

          Sé que estás conmigo, incluso aunque no pueda verte.

De nuevo en el escenario, descubrimos que las butacas seguían colmadas por los chicos que mi parte oscura había poseído. Tumefactos. Esclavos carentes de amo.

          —¿Van a hacernos algo? — preguntó Celeste, sobresaltada.

          —No tengo ni idea ni tampoco quiero averiguarlo.

          Descendimos las escaleras y caminamos tomadas de la mano en el pasillo entre las butacas.

          Todos esos ojos gélidos nos seguían, aguardando una orden que no llegaba.

          Un trueno azotó el decrepito techo y una porción de este cedió, cayendo a nuestras espaldas, formando una nube de polvo. Apretamos el paso, temerosas de morir aplastadas. Llegamos corriendo hacia el vestíbulo y abandonamos el edificio, con más escombros cayendo a nuestro alrededor.

          El taxi seguía donde me había dejado.

          Puse un pie en la calle, la cual era transitada por un río donde flotaban las hojas del otoño junto a toda clase de basura. De algún modo, su glacial tacto me reconfortó, haciéndome sentir más viva que nunca antes.

          La puerta trasera del taxi se abrió sola, invitándonos a tomar asiento.

          Atrás nuestro, los chicos huían del macilento teatro como ratas.

          Uno de ellos me ciñó de un brazo, impidiendo mi ingreso al vehículo.

          —¡Dejá a mi amiga en paz! — gritó Celeste, propinándole un puñetazo en la cara al muchacho, echándolo sobre la riada que envolvía nuestros tobillos.

          Entonces sí, entramos en el taxi y cerramos la puerta, mientras el teatro era reducido a una osamenta de húmeda madera y cemento.

          —Adiós, mamá — murmuré.

          —Ella estaría muy orgullosa de vos, querida — me dijo el taxista.

          Esa voz…

          ¿Madame…?

          Me sonrió a través del espejo retrovisor.

          Abajo, la cruz continuaba pendiendo.

          Resistiendo, aún.

 

Lunes

          Pasaron varias semanas de eso.

          La policía vino y se fue, haciendo todo tipo de preguntas. Respondimos cuanto pudimos. El mundo no estaba listo para conocer la totalidad de nuestra historia.

          Hasta quizás ni le interesaba.

          Visitamos la tumba de los fallecidos, dejando un recuerdo en cada lápida.

—Sé que están conmigo, incluso aunque no pueda verlos.

          Me mudé con Cele. Decidimos que era mejor vivir juntas. Más económico, además. En los tiempos modernos que corren, mejor permanecer unidos ¿No les parece?

          Parecía ser un inicio de semana como cualquier otro, cuando de pronto recibí un importante llamado.

          —Al director le encantó tu actuación — me informaron —¿Podrías venirte esta tarde así cerramos tu incorporación para ser la protagonista de nuestra película?

          Celeste me acompañó hasta la puerta del edificio, fundiéndonos en un cálido abrazo antes de mi ingreso.

          Una vez allí dentro, me dieron una hoja de papel y una lapicera para que firme un contrato.

          Me detuve un momento, distraída por mi sombra en el escritorio.

          ¿Se había movido a destiempo, o era solo sensación mía?

          —¿Todo bien, jovencita? — inquirió el director.

          Incluso si se hubiera movido sola, ya no tenía poder sobre mí.

          Sonreí.

          —Mejor que nunca — respondí.

          Y firmé.


 

Escrito por Gonzalo “Pez” Rodriguez

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