"Oscurecida en Sangre", mi cuento en la antología "El Osario de las Pesadillas"
>> Lee la antología gratis acá <<
***
Y así fue como tras tanto caminar llegamos a donde sospechaba, nuestra escuela, ya reemplazada y abandonada, reducida a un decrépito cadáver: con sus techumbres de chapa torcidas, caídos cuales huesos fracturados; sus paredes agrietadas como la piel de a quien reclama la tumba y, en sus suelos, la humedad de lluvias recientes se dilataba de forma tal que retrotraía a los ingredientes utilizados en civilizaciones remotas para preservar los cuerpos en el umbral del más allá.
“Dios” murmuré en un momento dado, sin poder sostener el silencio ni un segundo más, mi voz brotando cual bocanada de ahogado.
“Lo sé”, convino Selene. Entonces yo miré en rededor, de pie en el centro de un aula alguna vez colmada de esperanzadores sonidos.
“Pareciera que hace años está abandonada”, dije entonces, mi garganta seca, obturada.
“El tiempo pasa rápido una vez que sos olvidado”, respondió entonces Selene, con convicción tal que no pude evitar sentir un escalofrío. Sin atreverme a continuar la conversación, preferí reanudar nuestra marcha, siguiendo a Apu, quien nos aguardaba al final de un estrecho pasillo, en cuyo fondo se aglomeraban las sombras cual cofradía profana. El hedor a humedad fue de pronto devorado por uno aun más pungente, cuya naturaleza me costaba distinguir, en tanto nos adentrábamos en las penumbras y descendíamos escaleras hacia un destino desconocido.
“Nunca vine por acá”, le dije entonces a Selene, quien marchaba detrás mío, aterrorizado por la sensación de que entre ella y el animal me cercaban el paso. Ahuyenté esta idea de inmediato.
“Obvio que no, lo teníamos prohibido” dijo ella, de nuevo en ese extraño y solemne tono.
Continuamos caminando hasta que la oscuridad se iluminó, o hasta que mis ojos se acostumbraron a ella, aún no lo tengo claro. Fue entonces cuando reparé en que nos encontrábamos en otra aula, con una particularidad: estaba habitada por un solo pupitre, petrificado en el centro del lugar, como si aguardara por alguien, o algo. Al frente, a unos metros, un pizarrón encombado hacia afuera se expandía a lo largo y alto de la pared. Si uno lo mirase con fijeza, todavía podían discernirse los vestigios de alguna tiza, semejantes a jeroglíficos oriundos de una ignota civilización.
Apu se detuvo junto al pizarrón, observándolo mientras movía la cola. Selene indicó que me pusiera de pie en un extremo del pizarrón, mientras ella se colocaba del lado opuesto. Crispamos nuestros dedos por debajo de la tabla húmeda y, a su orden, jalamos. No tomó mucho esfuerzo, lo cual de alguna manera alimentó el miedo que sentí al arrancar de cuajo el pizarrón de donde había estado durante tantos años. Una vez que lo dejamos en el suelo, vislumbré que del otro lado no había solo una pared: una abertura vertical se extendía en el centro de esta, como una herida. Apu fue el primero en deslizarse a través de ella. Luego, Selene alzó una mano y, mirándome sin pestañar, murmuró:
“Después de vos”.
Si bien me hubiera resultado imposible imaginar qué yacía del otro lado, aun así el horror de la sorpresa me atenazó tan pronto coloqué un pie dentro de ese cuarto secreto...
Continúa en "El Osario de las Pesadillas".
Comentarios
Publicar un comentario